jueves, 25 de junio de 2026

Historias de Felstad (Informe): Batalla del Tesoro Embrujado

(La siguiente historia es escrita por el Camarada Mò, del enfrentamiento El Tesoro Fantasmal contra Rekens) 


Encuentro tras seguir un rastro arcano.

(O cómo Noxor, el endeble, aprendió que la verdadera fuerza no radica en no caer nunca, sino en levantar a aquellos que ya han caído hace tiempo cada vez que la adversidad te golpea)



La escarcha crujía bajo mis botas como los huesos de un recién nacido. Felstad. La joya congelada en un fin del mundo oculto a los profanos. Un lugar tan acogedor como el abrazo de una tía tísica y con un clima que haría que un cabestro adulto empeñase sus testículos por algo de calor. La niebla lo envolvía todo en un sudario gris, un velo de tedio absoluto que se pegaba a la piel y al alma. Allí estábamos, mis harapientos hombres y yo, Noxor, el endeble, un nombre que, he de admitir, no ayuda a la autoestima, pero que describe a la perfección mi constitución física y el camino recorrido con sobrecogedores esfuerzos. Tampoco lo escogí yo, pero hice del insulto una parte de mi. Del escarnio, una fortaleza.

El rastro mágico, una pestilencia arcana que solo un imbécil, o un discípulo de Garbeowyn, no podría ignorar, nos había conducido a aquellas ruinas. Un patio adoquinado que antaño debió de ser un lugar importante, quizás donde los antiguos dueños de Felstad iban a azotar a sus sirvientes, o a celebrar aburridos festivales de la cosecha. Ahora solo era un escenario para una tragedia. Y allí, en el otro extremo, como una mancha de un aceite rancio en un paño mortuorio, estaba él. Jomer el Amarillo. El brujo Ictérico.

Su piel, un homenaje viviente a la ictericia, resplandecía con un tono enfermizo incluso en la penumbra. Un brujo. Siempre tan… visceral. Recuerdo nuestras lecciones con Garbeowyn. Mientras yo intentaba desentrañar las sutilezas de la nigromancia, él se dedicaba a maldecir el hígado de las vacas del establo por puro despecho. Profesionalmente lo desprecio, por supuesto. Pero en algún rincón oscuro, y no confesado de mi ser, aprecio su dedicación al oficio. Es un fastidio constante, pero un fastidio con estilo, como una verruga particularmente bien situada. Jamás se lo diré, naturalmente. Preferiría besar a un demonio de la peste en la boca.


—¡Noxor, lacra descolorida! —graznó Jomer, su voz como el chirrido de una puerta de cripta oxidada—. ¿Has venido a que te done un poco de mi color? ¡Vas más pálido que un cadáver de tres semanas!


—Querido Jomer —respondí, con una calma que no sentía, mientras mis dedos se entumecían—, veo que tu hígado sigue filtrando bilis directamente al cerebro. Es la única explicación para tu osadía. ¿O acaso confundes la magia negra con la indigestión crónica?


El intercambio de cortesías se vio interrumpido por algo que heló la sangre más que el gélido viento de Felstad. Del interior de una torre en ruinas, surgió una figura. No era un hombre. Era un Espectro. Un guardián de ultratumba, una cosa de frío absoluto y odio ancestral que debía llevar siglos custodiando algún tesoro olvidado entre aquellos escombros. Flotaba, etéreo y terrible, con la promesa de una muerte peor que la que había en sus ojos vacuos.


—¡Un espectro! —aulló uno de los matones de Jomer, un bárbaro con más músculo que seso, cuya inteligencia rivalizaría con la espada que portaba.


—¡Ballestero! ¡La saeta sacra! —chilló Jomer con esa voz suya de rata acorralada.


Y entonces, ocurrió. El ballestero de Jomer, un tipo con cara de estar estreñido desde la última luna llena, disparó. Un virote llameante, imbuido con una magia ridículamente efectiva, surcó el aire. No fue un vuelo elegante, sino un zarpazo de luz barata en la penumbra. Atravesó al Espectro justo en el centro de su forma inmaterial. Hubo un silencio incrédulo, un aullido que no era sonido sino una vibración en el tuétano, y luego… nada. El guardián eterno, el terror de las ruinas, se desvaneció como un pedo en un vendaval. Simplemente, desapareció, esfumándose en la nada sin dejar rastro. Fue tan anticlimático que casi pude oír a la propia Muerte soltar un bufido de decepción.


—Bien —dije, sin inmutarme—. Eso ha sido un presagio de que esta va a ser una tarde de mierda. Al ataque, mis inútiles esbirros.


Y la carnicería empezó. Un auténtico festival de sangre y crúor. Las flechas surcaban el aire, las espadas se estrellaban contra escudos y cráneos. Yo, mientras tanto, me concentré. Sentí el familiar y delicioso cosquilleo de la nigromancia fluyendo desde mi nuevo hogar, esa acogedora cripta donde cosecho tejido muerto y otras exquisiteces. El cansancio crónico, mi estado natural, empezó a disiparse. Es una sensación maravillosa, como si la vida real fuera una resaca y la nigromancia un caldo sustancioso. Me sentí físicamente mejor, más crecido. Los tendones me crujían con energía renovada.


—¡Por las pústulas supurantes de Ur-had! ¡Levántate, Ovrozis! ¡No te quedes ahí mirando como un besugo a medio descomponer! —le ladré a mi aprendiz.


Necrosador Ovrozis. Un nombre imponente para un completo y absoluto inútil. El muchacho tiene la capacidad mágica de un canto rodado. Le pedí que animara un esqueleto de rata una vez y lo único que consiguió fue que le diera alergia. Observaba la batalla con la misma expresión de embobamiento que un perro al que le enseñan un truco de cartas. Confiaba en él tanto como en un ungüento para la lepra hecho de ortigas.



Pero yo no lo necesitaba. Alcé mis brazos y recité palabras que sabían a moho y desesperación. La tierra se agitó. Del suelo adoquinado, entre la niebla, surgieron mis creaciones. Zombis de carne cenicienta y andares torpes, cráneos animados que castañeteaban sus dientes con un ansia asesina. Mis niños. Mis pequeños y hediondos niños. Se lanzaron contra las filas de Jomer con un entusiasmo carente de toda habilidad pero sobrado de hambre.

Luego, el toque maestro. Para mi querido Jomer y sus hombres, entre ellos su patético bárbaro, que ya estaba ocupado intentando aplastar un cráneo animado como quien espanta una mosca particularmente persistente, tenía reservadas varias sorpresas. Ver las acciones del bárbaro me puso creativo, así que conjuré una Plaga de Insectos. No mariposas, no. Un enjambre de moscardones con el vientre hinchado de podredumbre. Los insectos atacaron a uno de los matones de Jomer, pero molestaron especialmente a su bárbaro. El bárbaro, un hombretón que podría estrangular a un oso, empezó a gritar como una doncella en su noche de bodas. Los insectos se le metían por la nariz, por las orejas, bajo el peto de cuero. Bailaba una danza espasmódica, aullando de agonía mientras el sabueso de guerra de Jomer, un mastín baboso y con cara de pocos amigos, era reducido a una pulpa sanguinolenta por mis zombis. La sangre, caliente y espesa, salpicó la nieve gris como un vómito de rubíes. Fue una hermosa coreografía de sufrimiento.

Fue entonces cuando uno de mis propios ladrones, un desgraciado llamado Remek, decidió robar su pequeño momento de gloria. Había agarrado un botín, un cofre pequeño que emanaba un aura mística, y corría hacia nuestra zona. Pero las ruinas estaban malditas. El lugar mismo era una trampa para la voluntad. Remek se detuvo en seco, soltó un alarido y se giró. Con una sonrisa de idiota, comenzó a caminar, con el tesoro en brazos, directo hacia las líneas enemigas. Directo hacia Jomer.


—¡Maldito seas, Remek! ¡Te juro que te desollaré para hacer pergaminos! —rugí, con una furia que apenas podía contener.


Mis hombres, benditos sean sus corazones codiciosos y aterrados, consiguieron interceptarlo. Tuvieron que empujar a los hombres de Jomer en una escaramuza brutal, una confusión de acero, barro y maldiciones. Uno de mis soldados recibió un hachazo en el hombro que le abrió la carne hasta el hueso, pero lograron frenar el avance de los hombres de Jomer, y conseguir tiempo para que el pobre Remek, que cayó al suelo balbuceando sobre mariposas de color púrpura y el fin del mundo, no entregase al enemigo lo que ya se había conseguido con esfuerzo.

El combate fue cruento. Brutal. Un descenso a la barbarie más absoluta. Jomer, viendo a su bárbaro convertido en un panal humano ensangrentado por mis insectos y por los filos de mis hombres, a su sabueso de guerra desplomado y a varios de sus hombres muertos o huyendo, tomó la única decisión sensata en un día de decisiones estúpidas. Agitó sus brazos amarillentos, maldiciendo entre dientes, y ordenó la retirada. Nos lanzó una última mirada, una mezcla de veneno puro y, me atrevería a decir, un ápice de respeto a regañadientes.


—¡Nos veremos, Noxor! ¡La próxima vez te arrancaré el bazo y lo usaré para adivinar el futuro!


—¡Para entonces, Jomer, tu hígado ya lo habrá predicho con quince días de antelación! —le espeté, con una sonrisa fina como un corte de papel.



Y se fue. Mis no muertos, con la lentitud de quien no tiene nada mejor que hacer, se dedicaron a rematar a los caídos mientras el resto de mis hombres saqueaba el lugar. Recuperamos dos tesoros. Monedas, las suficientes para mantener la cripta en funcionamiento y pagar el alimento de las hambrientas almas de mi manada. Pero lo mejor, la verdadera joya, fueron dos antiguos grimorios. Conjuros que no se habían pronunciado en siglos. Magia que haría que los hechizos de Jomer parecieran trucos de feria para entretener a niños tullidos.

Jomer, por su parte, se llevó sus propios botines. Oí decir a uno de mis hombres que sus cofres estaban repletos de monedas. Oro contante y sonante. Práctico, el ictérico. Muy práctico. Siempre tan pragmático para el mal.

Mientras la niebla volvía a cerrarse, más gris, más opresiva que nunca, observé el patio lleno de cadáveres. La sangre se congelaba en charcos de un granate oscuro. La escarcha empezaba a adornar los rostros de los muertos. Un día productivo. Encontramos el rastro de Garbeowyn. Un rastro que nos había llevado a esto, a matarnos entre hermanos de siniestra tutela. ¿Qué futuro nos espera? Uno atroz, sin duda. El maestro siempre tenía planes dentro de planes. Su legado es una losa de hielo sobre nuestras cabezas.

Recogí mis grimorios. Acaricié el cuero podrido de las cubiertas. Olí el conocimiento prohibido. Miré a mi aprendiz, Necrosador Ovrozis, que intentaba animar un dedo cortado y solo conseguía que le temblara el suyo propio. Le dediqué una sonrisa paternal, de esas que esconden un profundo deseo de estrangular al portador de tu sangre mistérica.


—No te preocupes, Ovrozis —le dije, con una ternura más falsa que una reliquia bendita en un mercado—. Algún día, si te esfuerzas, puede que consigas animar un padrastro.


Me giré y volví a mi cripta, al silencio de los muertos. Eran, con diferencia, mejor compañía que los vivos. Y mucho más silenciosos que los aprendices. El mundo seguía gris, frío y opresivo. El espectro y su tesoro se habían desvanecido como una promesa rota. Pero yo me sentía bien. Más fuerte. Más endeble, quizás, pero con dos grimorios nuevos y la certeza de que, por hoy, había ganado. Aprecio a Jomer. De verdad que sí. Es el único rival que me hace sentir que mi existencia, al fin y al cabo, tiene un poco de asquerosa diversión.

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