miércoles, 25 de mayo de 2016

Historias de una Nueva Guerra (Warmachine Mk3): Malekus, the Burning Truth

Buenas, pues aquí tenemos otro relato, traducido de nuevo por Borzag a través de su blog Minis de Cómic,(gracias por el curro).  Hoy toca a nuestros queridos seguidores y pirómanos, de Menoth


LOS FUEGOS DE LA VERDAD

POR WILLIAM SHICK


La luz del sol al amanecer radiaba desde el horizonte como un halo dorado, cruzando Llael para desterrar la fría negrura de la noche. Malekus, postrado durante sus rezos matutinos, sintió cómo la gloria de su dios le llenaba en el nuevo alba. Imaginó que los rayos cálidos sobre su armadura eran la suave caricia de la propia mano de Menoth, el fuego del juicio que una vez más encontraba a Malekus digno del botín del día. En el ojo de su mente vio los muros inviolables de Sul y, más allá de ellos, la magnífica arquitectura del Templo de la llama, el hogar de su orden en esa antigua ciudad. La mera existencia de esas asombrosas obras eran prueba más que suficiente de la gloria de Menoth en Caen. El sol brillaba más fuerte allí, en las áridas tierras natales del Protectorado. Malekus echaba de menos la intensidad de ese calor.

Menoth el creador había traído el orden al caos del mundo, reflexionó. Menoth había dado al hombre el don de la Llama para que pudiese suprimir la oscuridad que infectaba el mundo como si fuese una enfermedad. Menoth le había dado la Muralla para que sirviese como baluarte contra el mal. Aunque había otros dioses, todo lo que el hombre había conseguido a lo largo de la historia había sido concedido por el Creador. Lo único apropiado era reverenciar a Menoth por encima de todos los demás.


Malekus se levantó sin acusar su voluminosa armadura de hechicero de guerra. Alzó su lanzallamas bendecido y, durante un momento, contempló como parpadeaba y bailaba el fuego sagrado contenido dentro de su cabezal con cuchillas. Aunque todos los hombres se beneficiaban del don de la Llama, solo unos pocos elegidos eran ungidos para usar su toque purificador y así purgar al mundo de los profanos y los blasfemos. Malekus, la verdad ardiente, era uno de esos pocos. Su sagrado cargo le fue otorgado por Feora, sacerdotisa y protectora de la Llama. Además, también fue escogido por Menoth para cargar con la responsabilidad, aún mayor, de ser un hechicero de guerra: uno de los raros individuos poseedores de la habilidad de controlar siervos de guerra, las armas más poderosas de la Gran cruzada.

Miró a la pequeña ciudad situada a un kilómetro. A pesar de presentar aún las cicatrices de guerra de cuando el Protectorado había pasado por esas tierras, la campiña Llaelesa era bella. Volutas de humo de provenientes de los fuegos de las cocinas salían de las chimeneas de las apretadas casas de la ciudad.

Malekus alcanzó con su mente el córtex de su Repenter. La máquina pisoteó impacientemente, y también conectó brevemente con el otro siervo de guerra ligero de su grupo de batalla, un Revenger. Entonces hizo lo mismo con el descomunal Castigator y sintió como el aire alrededor de las manos llameantes del siervo pesado se ondulaba a causa del intenso calor. La máquina hizo chocar entre sí sus puños de acero, ansiosa de lidiar con el enemigo. Malekus avivó mentalmente su furia justa. Había elegido este Castigator en particular por su infame temperamento. No había sitio para la timidez cuando se repartía la justicia divina de Menoth.

Con su grupo de batalla a su lado, Malekus se aproximó a la ciudad y se dirigió al patio central, consciente de que muchos ojos escondidos observaban su avance. Cuando llegó a la plaza de la ciudad, el alcalde estaba esperando con un par de hombres de aspecto rudo a su lado. Muchos vecinos estaban cerca de la plaza o mirando desde las puertas y ventanas. Malekus dirigió mentalmente al Castigator y al Revenger para que flanquearan al grupo más pequeño del alcalde, y el Castigator flexionó amenazante sus puños llameantes mientras contemplaba a los hombres, quienes cambiaban su peso de un pie a otro y tragaban saliva. Malekus intensificó su agarre mental sobre la máquina para mantener a raya, por el momento, su fogosa naturaleza. Primero, tenía unas palabras para esa gente.

- “Somos bendecidos por ser visitados por un enviado del Templo” – dijo el alcalde, haciendo una reverencia. Sus ojos se movían nerviosamente desde detrás de las gafas de alambre que se equilibraban sobre su nariz fina y afilada.

- “Sabes por qué he venido” – dijo Malekus. La distintiva voz áspera que emanaba desde debajo de su máscara rodada era poderosa y acostumbrada a mandar, y cruzó fácilmente la plaza. – “Estoy aquí para entregar el juicio de Menoth. Para limpiar vuestros crímenes y así no se extiendan”.

- “¿Crímenes?” – preguntó el alcalde en un tono excesivamente inocente. – “No sé a lo que se refiere”.

- “Habéis roto vuestros juramentos al Templo Sul-Menita y al jerarca” – Malekus mantuvo su tono de voz, aunque las palabras hacían que un fuego bullera dentro de su pecho.

- “Entregamos los diezmos que se nos requieren sin fallar, a pesar de la pesada carga que suponen para nuestra pequeña ciudad” – protestó el alcalde. Malekus oyó murmullos de acuerdo de aquellos que se reunían tras él.


Levantó ligeramente su voz para que todos pudiesen oírla. – “Hace seis meses se os encargó la tarea de construir un templo a Menoth, pero aún ni siquiera habéis roto la tierra. Peor aún, rechazasteis al sacerdote mandado por el mismísimo jerarca para que os condujera de vuelta a la senda de la rectitud”.

- “Entiéndanos por favor” – dijo el alcalde, - “somos una comunidad pobre, y estos son tiempos difíciles. Tenemos poco más que los medios justos para sobrevivir. No tenemos recursos para construir un templo nuevo. Aún no. Y no podíamos hospedar al emisario del Templo con las comodidades debidas”.

Malekus señaló a una iglesia Morrowana situada en uno de los lados de la plaza. Aunque el edificio era sencillo, sobre su recibidor colgaba una gran Radiancia de oro brillante, el símbolo del dios Morrow.

- “¿Os atrevéis a hacer tales afirmaciones mientras esto permanece?” – dijo el hechicero de guerra. – “Sólo esa baratija ostentosa es más que suficiente para financiar un templo para el Creador del hombre, y aún sobraría bastante para fundir un Menofix digno de adornarlo”.

Encogiéndose bajo la fuerza de estas palabras, el mayor habló rápidamente. – “Esa iglesia lleva aquí desde hace unos doscientos años, desde la fundación de esta ciudad. ¡La Radiancia fue un regalo del Sancteum de Caspia! No podemos sencillamente fundir el símbolo sagrado de Morrow…”

- “¿Cuánto ha pasado desde que vuestra ciudad sufrió a manos de intrusos?” – Malekus se giró para dirigirse a los ciudadanos, tanto a aquellos que estaban en la plaza como a los que sabía que miraban en secreto. – “¿Sabéis el precio de esa comodidad?”.

Nadie se atrevió a cruzar su mirada.

- “Trescientas ochenta y siete” – dijo.

- “No entiendo” – dijo el alcalde mientras Malekus caminaba hacia él.

- “Trescientas ochenta y siete almas justas probaron su devoción a Menoth dando sus vidas para repeler los últimos ataques khadoranos a Llael” – El hechicero de guerra fijó su mirada sobre el acobardado alcalde. – “Todo para que pudieseis continuar viviendo en paz. Y aún así ignoráis vuestra obligación”.

- “No pedimos esa protección ni ese sacrificio” – dijo el mayor, retrocediendo de espaldas.

- “Aun así disfrutáis gustosamente sus frutos”.

- “¡Las demandas del jerarca son imposibles! Apenas tenemos bastante para alimentarnos a nosotros mismos después de pagar sus severos diezmos”.

- “La fuerza se encuentra en el sufrimiento, y a través de la fuerza el hombre se prueba a si mismo digno de Menoth” – respondió Malekus, entonando un pasaje del Canon de la ley verdadera.

- “¿Qué más podríamos sufrir?” – Los ojos del alcalde estaban ahora llenos de desesperación. – “Severius ya se ha llevado todo…”

- “¡Te referirás a él como Jerarca, blasfemo!” – rugió Malekus, y el mayor se tropezó de espaldas y se cayó al suelo. – “Todo lo que tenéis en este mundo viene de Menoth, dones dados al hombre porque se probó digno”.

Malekus pulsó el interruptor de activación de su arma sagrada, y su llama se avivó entre las hojas de su punta. Su áspera voz se convirtió en un gruñido peligroso. – “Sois como niños a quienes se les ha permitido demasiado, volviéndose perezosos, gordos y malvados. Os habéis vuelto indignos de los dones de Menoth”.

Estas palabras fueron puntualizadas por el rugido del lanzallamas del Repenter mientras liberaba un chorro llameante de Furia de Menoth al edificio más cercano. A la vez, Malekus mandó al Castigator que cargara de frente para derribar la casa del alcalde con potentes golpes. Sus puños sobrecalentados prendieron las pesadas vigas de madera, y las llamas engulleron rápidamente la estructura. Los vecinos gritaron al colapsarse con un crujido atronador, con los escombros llameantes golpeteando sin causar daños el casco de metal bendecido del siervo de guerra.


De rodillas, el alcalde chillaba – “¿Quieres matarnos a todos?”

- “La llama sagrada de Menoth os reclamara cuando él lo considere apropiado” – dijo Malekus. – “Aquellos que sean perdonados pueden suplicarle la redención” – Se giró y caminó hacia la iglesia, apuntando su lanzallamas para desatar un chorro de fuego purificador. Las llamas prendieron y ardieron como si estuvieran siendo avivadas por el propio aliento de Menoth. En unos momentos, la Radiancia dorada situada sobre las puertas se había fundido hasta convertirse en escoria. El caos se desató cuando los vecinos corrieron envueltos en pánico hacia sus casas y sus familias.

Malekus instó a sus siervos de guerra que continuasen su misión consagrada. Mirando a través de sus ojos, vio arder edificio tras edificio. Mientras caminaba hacia un edificio intacto que parecía ser un colegio, una mujer manchada de hollín se arrojó a sus pies.

- “¡Por favor, perdonadme!” – gritó, con su mano temblorosa intentando agarrar su túnica. – “He visto mi maldad. ¡Deseo entregar mi vida a Menoth!”

Malekus miró a la mujer llorosa a través de su máscara bruñida y dudó. Entendía cómo la voluntad de Menoth se volvía manifiesta en sus llamas sagradas. Suavizando su voz, dijo – “¿Has visto la verdad? ¿Has sentido el fuego limpiando el cáncer de la maldad de tu interior?”

- “¡Sí! ¡Sí!” – dijo la mujer entre sollozos.

Malekus sintió saltar su corazón. Gloria, pensó. ¡Gloria al Creador del hombre y a la revelación de su llama sagrada! Tocó la cabeza de la mujer. – “La verdad de Menoth es maravillosa, ¿no es así, niña?” – dijo.

Aún llorando, la mujer asintió vigorosamente, y bajo la luz de los fuegos Malekus vio un destello de oro en su garganta. Mirando más de cerca se dio cuenta de que se le había soltado un colgante de la Ascendiente Angellia, la patrona morrowana de los eruditos y los profesores.

Recuerdos de su infancia en el orfanato morrowano inundaron su mente. Ese símbolo había colgado del cuello de cada director que le había golpeado, quemado y privado de comida, de aquellos que le habían convertido en un esclavo para que ellos pudieran engordar con su sufrimiento. Pensó en los sacerdotes que traían sus donaciones semanales de pan y leche, su caridad insignificante dándoles la paz mental que les permitía ignorar las injusticias que ocurrían bajo sus propias narices. ¿Qué les importaba si sus regalos eran acaparados por directores corruptos? ¿Qué les importaba el sufrimiento de los niños hambrientos que se esforzaban para lavar sus vestimentas? ¿Qué les importaban las fiebres continuas y las toses terribles de un chico impertinente forzado a dormir solo en la bodega más profunda y fría como lección de humildad y obediencia?”

Ahora, Malekus estaba asiendo un puñado de pelo de la mujer en su puño, y ella aulló de dolor y sorpresa cuando la forzó a echar su cabeza hacia atrás para poder mirarla a los ojos.

- “¿Enseñas aquí?” – preguntó, señalando hacia la escuela. – “¿Dónde están tus estudiantes?”

- “¿Mis… mis estudiantes?” – Tartamudeó.- “¡Se han ido! Les vi ponerse a salvo”.

Sus ojos se estrecharon y forzó a su Castigator para que arrancara las puertas del colegio. A través de sus ojos vio una sala vacía salvo por cuatro niños aterrorizados, apiñados bajo sus pupitres. Gritaron y huyeron corriendo del Castigator, apretándose contra el muro opuesto. La mujer, en pánico, miró a su alrededor.

¡Mentiras! La furia ardió al rojo vivo dentro de él. ¿Cómo podía Morrow preocuparse del sufrimiento si sus enseñanzas permitían a la gente consentir el mal libremente? No, solo Menoth conocía de verdad las fallas y los fallos del hombre. Solo Menoth proporcionaba un método para derrotar los instintos más básicos, a través de los ojos vigilantes de los escrutadores y de los servicios inquebrantables de aquellos entregados a servir al Templo y a Ley verdadera.

Malekus se había liberado a sí mismo del mal cuando pasó a aquel odioso orfanato por la antorcha, limpiando al mundo de los hombres indignos que contenía. Al ver arder el lugar, por fin lo entendió: solo las llamas purificadoras de Menoth podían liberar al mundo del sufrimiento causado por la corrupción.

- “A pesar de tus fallos de hoy,” – dijo, apartándose de la mujer, - “puedes enseñar a tus estudiantes una última lección”. Le apuntó con su arma, a una hereje que había intentado apartarle del camino con falsedades desvergonzadas. En su mente resonaban las palabras del sacerdote callejero menita que hace años le reveló el camino que camino que Menoth había desplegado para él, y ahora, las pronunció en voz alta: - “Sólo los fieles pueden sobrevivir a los fuegos de la verdad. Solo en la purificación de fuego puede el mundo ser salvado del mal”.

Mientras disparaba una ráfaga de llamas sagradas Malekus le dio las gracias a Menoth por elegirle como vasallo para entregar esa verdad.

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