miércoles, 10 de junio de 2026

[Sr. Marrón] Frostgrave: Las Aventuras del Asombroso Cynaghan II (incorporaciones y enfrentamiento)

No era raro encontrar pequeños enclaves habitados en la Ciudad Helada. Eran lugares valiosos donde recuperarse de heridas, comprar suministros escasos a precios ofensivos y escuchar rumores que normalmente terminaban con alguien desapareciendo, muriendo o ambas cosas.

Cynaghan había elegido como base de operaciones una antigua biblioteca parcialmente derruida. A decir verdad, no era una mala elección.


El edificio estaba razonablemente protegido de las tormentas, tenía espacio suficiente para que cada miembro de la banda reclamase un rincón propio y, lo más importante, contenía una cantidad prácticamente inagotable de muebles y libros para alimentar las hogueras para mantenerse calentitos.

Algunos académicos habrían llorado al ver siglos de conocimiento convertidos en leña.

El viejo mago y Waldo se habían instalado en un pequeño estudio de la planta superior. Desde allí Cynaghan dirigía sus investigaciones, lo que consistía principalmente en desaparecer durante horas entre montañas de libros medio congelados y regresar de madrugada cubierto de polvo, nieve y un entusiasmo sospechoso.

—¡Lo encontré!

—¿Qué encontró, sire?

—No lo sé todavía, pero parece importante.

Waldo había dejado de hacer preguntas hacía días.

Además de soportar a su maestro, el aprendiz se ocupaba de la gestión de los recursos del grupo. Comida, combustible, herramientas, munición, cuerdas, antorchas y cualquier otra cosa que los demás perdieran, rompieran o intercambiaran accidentalmente por cerveza.

Afortunadamente contaba con la ayuda del Cabo Rutger. El veterano guardia ejercía de capitán oficioso de la expedición, una responsabilidad que nadie le había otorgado formalmente pero que había acabado recayendo sobre él por una sencilla razón:

Era el único adulto funcional del grupo.

Bueno. El único adulto funcional durante las horas en las que aún no había empezado a beber.

Lo cual seguía siendo mejor que el resto.

Rutger llevaba las cuentas, organizaba las guardias y resolvía disputas internas. Especialmente las de Angus...La mayoría de las disputas de Angus eran con la comida. Y, por desgracia, la comida solía perder.

La convivencia en la biblioteca había alcanzado un curioso equilibrio. No era exactamente armonía. Más bien una tregua informal entre personas que compartían techo, peligros constantes y una preocupante tendencia a tomar malas decisiones.

****


Seguimos dando la tabarra con la segunda misión de la Campaña de Felstad. En esta ocasión, tras entrar en la ciudad Helada, los magos se encontraron con restos de una batalla mágica en la que podía haber participado el Sire de todos ellos. La cosa no pintaba nada bien, así que podían escoger si seguir el rastro arcano del moribundo mago, o el rastro de sangre. 

Según la decisión, se enfrentarían a unas amenazas o a otras.

Pero antes, como bien dije, en la anterior entrada, equipé a Rutger con la Espada Mágica que te sube Voluntad (suerte de su arma mágica, como veremos más adelante), además se reclutó a un nuevo miembro para el equipo, una apotecaria, mientras Tiana estaba fuera, recuperándose. Parece ser que por ahora Tiana no estará en la expedición. Ahí os dejo los dos pequeños bloques de texto respecto a estos hitos.


***

—Son treinta coronas.

—¿Treinta? Me parece un robo —gruñó Rutger, escupiendo a un lado.

—¡Apriétalo más! ¡Tú puedes! ¡Eres un negociador nato! —dijo una voz alegre que parecía surgir de algún lugar a la altura de su cinturón.

El mercader parpadeó.

Miró a Rutger.

Miró a ambos lados.

Miró debajo del mostrador.

Era la tercera vez que oía aquella voz.

Y estaba razonablemente seguro de que no provenía del guardia malencarado que tenía delante.

—Quince —sentenció Rutger.

—Veinticinco —replicó el mercader automáticamente.

—¡Excelente comienzo! ¡Ya le tienes contra las cuerdas! —animó la voz invisible.

El mercader empezó a ponerse nervioso.

—¿Ha oído eso?

—¿El qué? —preguntó Rutger.

—La voz.

—¿Qué voz?

—La que acaba de...

—Veinte —interrumpió otra vez la voz.

Rutger cerró los ojos. Su mandíbula se tensó. Una vena comenzó a palpitar peligrosamente en su frente.

—Veinte —repitió el cabo con resignación.

—Veinte —contestó el mercader.

Hubo una pausa.

—¿He dicho veinte?

—Sí.

—¿Y usted acepta?

—Sí.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Perfecto, trato hecho.



Antes de que el comerciante pudiera analizar lo ocurrido, Rutger ya había dejado las monedas sobre el mostrador y se marchaba con una caja de fruta cuyo aspecto sugería que había sobrevivido a varias guerras.

—¡Magnífico trabajo! —exclamó la voz con entusiasmo—. Has mantenido la calma, has mostrado firmeza y has conseguido un descuento del treinta y tres por ciento. ¡Estoy orgullosa de ti!

Rutger siguió caminando.

—Cállate.

—¡La actitud positiva es el primer paso hacia el éxito!

—Cállate.

—¡Cada desafío es una oportunidad!

—Cállate.

—¡Creo en ti!

Rutger apretó los dientes.

De todas las cosas que el viejo Cynaghan le había regalado para agradecer sus servicios, aquella había resultado ser la peor.

A simple vista parecía una espada encantada salida de las leyendas: hoja brillante, runas antiguas, empuñadura exquisitamente trabajada.

Lo que Cynaghan había olvidado mencionar era que se llamaba Espolean Motivationale.

"La Espada Motivacional", según la traducción que le había hecho Waldo. Al parecer perteneció a un antiguo héroe.

Rutger sospechaba que el héroe original la había perdido deliberadamente.


****

Tiana se incorporó lentamente de la cama improvisada.

Todavía le dolía la cabeza. No tanto como el día anterior, cuando cada latido parecía intentar escapar por sus orejas, pero lo suficiente como para recordar que correr bajo una tormenta de hielo cargando un tesoro no había sido una decisión brillante.

Frente a ella, Nana sonreía mientras recogía sus extraños utensilios de sanadora.

Había frascos. Muchos frascos. Frascos con líquidos de colores imposibles. Frascos con cosas flotando.

Tiana había decidido no preguntar.

La anciana guardó todo con cuidado en una cesta sorprendentemente pequeña.

—Bueno, jovencita. Ya no deberías morirte en los próximos días.

—Eso es... tranquilizador.

—Soy una profesional.

La voz de Nana sonaba cálida y amable, exactamente como la de una abuela contando cuentos junto al fuego.

Lo cual resultaba inquietante porque también era la misma voz que había utilizado unas horas antes para amenazar a un mercader con arrancarle los dientes si seguía intentando vender vendas usadas.

—Dime una cosa —continuó la anciana—. ¿Qué te ha traído a Felstad?

—Me contrató un mago.

—Ah...

Nana sonrió.

—Las expediciones de magos.

La forma en que lo dijo recordaba a alguien hablando de una enfermedad de transmisión común.

—En mis tiempos mozos participé en unas cuantas.

Tiana intentó imaginársela joven. Fracasó.

Su mente se negaba a concebir un universo donde Nana hubiese tenido menos de setenta años.

—Cuando era muy guapa...

Tiana tosió. Nana ni siquiera se detuvo.

—...causaba auténticos estragos entre los magos.

—Sí, claro.

—Muchísimos estragos.

—Lo imagino.

—Algunos tardaron años en recuperarse.


Tiana decidió que quizá no quería saber más.

—Bueno, creo que ya puedo marcharme.

—Por supuesto.

Nana terminó de guardar el último frasco.

—¿Cómo has dicho que se llamaba el mago?

—No lo he dicho.

La anciana sonrió.

—Tienes razón.

Tiana también sonrió.

—Se llama Cynaghan.

Por primera vez durante toda la conversación, Nana dejó de parecer una abuelita entrañable.

No mucho. Solo un poco. Pero fue suficiente.

—Cynaghan...

Hubo un silencio.

Uno de esos silencios que hacen que una persona considere discretamente buscar una salida alternativa.

—Sí.

—¿El mismo Cynaghan?

—Supongo.

—¿Alto?

—No.

—¿Barba ridícula?

—Sí.

—¿Completamente convencido de su propia grandeza?

—Definitivamente sí.

Nana asintió lentamente.

—Necesito que me lo presentes.

Tiana se levantó.


—Estará encantado.

—No. - La sonrisa de la anciana se volvió peligrosamente dulce. - Encantada estaré yo.

—Ah.

—Muy encantada.

Tiana empezó a sentir lástima por el mago.

—Se hace llamar "El Asombroso Cynaghan".

Nana soltó una pequeña carcajada.

Una carcajada suave. Tranquila. Absolutamente aterradora.

—Sí... Asombrado se va a quedar él cuando me vea.

****

Como creo que ya comenté en la anterior entrada, durante la campaña hay momentos en los que los jugadores pueden decidir una u otra ruta, y según esa decisión, se enfrentan a unos u otros en un escenario concreto.

Nuestras elecciones hicieron que yo coincidiese con el bueno del Sr. Rubio para enfrentarnos en el escenario del Tesoro Fantasmal. Ambos magos, Cynaghan y Nadiushka (la Bruja Roja) consideraron que debían seguir el rastro arcano para localizar a su antiguo Sire.


Fantasmas en la Niebla


Waldo intentaba seguir el ritmo de Cynaghan sin perder el aliento. Lo cual resultaba complicado.

Normalmente el anciano caminaba con la velocidad y el entusiasmo de una tortuga reumática contemplando sus opciones vitales. Sin embargo, aquella mañana avanzaba por las ruinas con una energía impropia de su edad, de su carácter e incluso de sus articulaciones.

Sus ojos brillaban detrás de las gruesas lentes.

Seguía algo. Algo que Waldo apenas podía percibir.

No había duda. El viejo estaba siguiendo un rastro mágico.

Y nada volvía más peligroso a Cynaghan que la posibilidad de encontrar conocimiento arcano, artefactos olvidados o algo que pudiera catalogar como "interesantísimo".

La última vez que había pronunciado esa palabra habían terminado perseguidos por una estatua poseída.

Finalmente llegaron a una pequeña plaza.

O al menos había sido una plaza siglos atrás.

Ahora era una acumulación caótica de nieve, hielo, piedras derrumbadas y los restos dispersos de varias edificaciones.

En el centro destacaba un círculo mágico grabado sobre el suelo.

Y dentro de él, una figura espectral.



El fantasma permanecía inmóvil junto a un antiguo sarcófago de piedra.

Incluso desde la distancia tenía el aspecto poco tranquilizador de algo que prefería que la gente se marchara.

—Hasta aquí —dijo Cynaghan ajustándose las gafas—. Noto la presencia de otro arcanista.

—Genial —gruñó Rutger. La respuesta fue tan automática que parecía llevar años practicándola.

Cynaghan ignoró el comentario.

—Waldo.

El aprendiz levantó la cabeza.

—¿Sí, maestro?

—¿Recuerdas aquella vez en el camposanto?

Waldo se quedó pensativo.

—¿Cuando entramos a robar la cripta de aquel noble?

—No.

—¿Cuando usted intentó convencer a un enterrador de que técnicamente los muertos no necesitaban todas sus pertenencias?

—Tampoco.

—Entonces no.

Cynaghan suspiró.

—La vieja.

—¿La vieja?

—La vieja fantasma.

Todos guardaron silencio. Resultaba llamativo que Cynaghan llamara "vieja" a alguien.

—Ah —dijo finalmente Waldo—. ¿Se refiere al hechizo de encantar?

—Exacto.

El mago sonrió satisfecho. Waldo no.

Rutger observó el círculo mágico. Observó al fantasma. Observó a los dos magos.

Luego suspiró profundamente. Sabía perfectamente lo que venía a continuación.

—Bien, ya conocéis el procedimiento.


—¿Qué procedimiento? —preguntó Nana.

—Nos dividimos en dos grupos.

—¿Por qué?

—Porque los magos siempre dicen que es una buena idea.

—¿Y lo es?

Rutger se quedó pensativo unos segundos.

—Nunca.

—Entonces ¿por qué lo hacemos?

—Porque si les dejamos juntos intentan cosas.

Nana asintió inmediatamente.

—Tiene sentido.

Mientras tanto, Cynaghan y Waldo ya estaban discutiendo detalles arcanos completamente incomprensibles para cualquier persona normal, el resto de la banda empezó a repartirse alrededor de ambos.

Como siempre. Un grupo con el mago. Otro grupo con el aprendiz.

Y en algún lugar de las ruinas, probablemente, el destino preparándose para reírse de todos ellos.

****

El grupo de Cynaghan avanzaba por el centro de las ruinas.


Al frente iba el Cabo Rutger, que parecía más malhumorado y nervioso de lo habitual. Lo cual era mucho decir, porque su estado natural ya se encontraba peligrosamente cerca de "amenaza de agresión".Cinco minutos antes había discutido con su espada. Otra vez.

—¡Tú puedes, Rutger! ¡Confía en ti mismo!

—Cállate.

—¡Los verdaderos héroes creen en su potencial!

—Voy a tirarte a un lago.

—¡Esa es la actitud de un ganador!

Detrás de él caminaban Hansel, el arquero miope, y Jonas, que oficialmente era un guardia en prácticas, aunque la mayoría sospechaba que todavía estaba en prácticas de supervivencia.

Más atrás, Nana los seguía tranquilamente mientras agitaba varios frascos. El contenido de los frascos cambiaba de color cada pocos segundos. Nadie quiso preguntar qué estaba preparando. La última vez que alguien había preguntado, Nana respondió: "depende de cómo evolucione la situación".Aquello no había tranquilizado a nadie.

Cynaghan había decidido que aquel grupo debía enfrentarse directamente a la criatura espectral.

Según él, entre sus hechizos y la espada encantada de Rutger deberían tener suficientes herramientas para lidiar con el problema. Según Rutger, aquello significaba que él iba a recibir la mayoría de los golpes.

Mientras tanto, en uno de los flancos de las ruinas, Waldo supervisaba al resto del grupo...O al menos fingía supervisarlo.

Porque en realidad estaba demasiado ocupado intentando recordar complejas fórmulas arcanas sin equivocarse. Angus, Frederik y Hans permanecían cerca de él.

Hans había escogido posición junto a una antigua letrina derruida.

—¿Por qué ahí? —preguntó Waldo.

—Buena cobertura.

—Es una letrina.

—Nadie se acerca voluntariamente.

El razonamiento era impecable.

A pocos metros, el Loco del Pato volvió a encontrar un cofre.

Nadie sabía cómo. Ni por qué. Felstad parecía generar cofres delante de él espontáneamente.

El hombre lo levantó sobre su cabeza.

—¡TENGO UN TESORO Y ME VOY!

—¡NO! —gritaron varias personas a la vez.

Demasiado tarde.

En el mismo instante en que agarró el cofre, una pared cercana explotó en una nube de polvo y nieve. Una figura espectral emergió atravesando la piedra.

La aparición era alta, translúcida y tenía el aspecto extremadamente ofendido de alguien que acababa de descubrir que le estaban robando.

Probablemente porque le estaban robando.


Sin perder tiempo, Angus y Frederik avanzaron para interceptarla. Angus levantó la alabarda. Frederik levantó el pico. 

Mientras tanto, Waldo comenzó a recitar las palabras de poder.

Las runas aparecieron a su alrededor. Durante unos segundos no ocurrió nada. El aprendiz empezó a sudar.

Luego la alabarda de Angus se iluminó con una tenue luz azul.

—¡Ha funcionado! —exclamó Waldo.

—¡Ha funcionado! —celebró Angus.

—¿Qué ha funcionado? —preguntó Frederik.

—Ahora podemos golpear fantasmas.

—Ah.

Frederik pareció mucho más tranquilo. Solo ligeramente.

****

En el centro de la plaza las cosas tampoco iban mucho mejor.

Extraños bancos de niebla comenzaban a extenderse alrededor del círculo mágico.

La bruma se movía contra el viento, lo cual era una de esas señales inequívocas de que alguien estaba haciendo magia. Y probablemente magia hostil.

—No me gusta esto —murmuró Rutger.

—Excelente observación —respondió Cynaghan.

—¿Es magia enemiga?

—Sin duda.

—¿Y cómo lo sabe?

—Porque no la estoy lanzando yo.

El mago levantó las manos, entonó unos extraños cánticos y señaló a Rutger.

De inmediato el mundo se volvió más nítido.

Otra vez. Los sonidos. Los olores. Los movimientos. Incluso podía distinguir que Jonas llevaba tres días sin lavar los calcetines.

—Por todos los demonios... —gruñó Rutger—. Otra vez no.

—La percepción es poder —declaró solemnemente Cynaghan.

—La percepción es agotadora.

Hansel aprovechó el momento para disparar una flecha contra la criatura espectral.

La flecha salió disparada. Atravesó la niebla. Pasó a varios metros del objetivo.

Y se clavó limpiamente en el tronco de un árbol cercano. Hubo un silencio.

Hansel entrecerró los ojos.

—Creo que le he dado.

—Has acertado al árbol - Apuntó Jonas

—Sí, pero le he dado muy bien.


****


Mientras tanto, en uno de los flancos de la plaza, Angus y Frederik estaban descubriendo que combatir fantasmas era una experiencia bastante diferente a combatir personas normales.

Principalmente porque las personas normales tenían la cortesía de estar hechas de materia sólida. La aparición se abalanzó sobre ellos atravesando una pared derruida.

Angus respondió con un poderoso golpe de alabarda.

La hoja encantada trazó un arco azul brillante y atravesó limpiamente el torso espectral.



Por primera vez, la criatura pareció notar que la estaban golpeando.

—¡Funciona! —gritó Angus.

—¡Claro que funciona! —respondió Waldo desde lejos—. ¡Lo he encantado yo!

Hubo una pausa.

—Bueno... entonces funciona sorprendentemente bien.

Frederik descargó el pico sobre la criatura. Sin efecto, aunque el fantasma chilló.

Angus golpeó otra vez. Y otra.

Finalmente la aparición se disipó en una nube de niebla espectral.

****

En el centro de la plaza las cosas iban considerablemente peor.

Rutger había decidido resolver el problema de la manera habitual. Cargando hacia él.

—¡Por la Guardia!

—¡Confía en tus capacidades! —gritó la espada.

—¡Cállate!

El cabo atravesó la niebla y se lanzó contra el espectro que protegía el sarcófago. Durante unos segundos pareció que aquello podía funcionar.

Entonces la criatura aprovechó un descuido.

Una mano fantasmal se cerró sobre el rostro de Rutger.

El mundo se volvió hielo. 

El frío atravesó su armadura, sus huesos y sus pensamientos. Sintió cómo algo le arrancaba lentamente la vida.

La fuerza.

El calor.

Los recuerdos agradables.

Lo cual fue rápido porque no tenía demasiados.

—Oh,....

Entonces apareció Hans.

El explorador surgió entre la niebla y descargó un bastonazo por la espalda del espectro. El golpe atravesó limpiamente a la criatura sin causarle ningún daño.

Pero sí logró distraerla.

El fantasma giró la cabeza.

Rutger aprovechó. Con un rugido consiguió soltarse y cayó de espaldas sobre la nieve.

Temblaba.Tenía escarcha en la cara y de su nariz caía un carámbano de hielo. Estaba bastante seguro de que acababa de morir un poco.

Nana apareció a su lado. La anciana sacó un frasco.

El líquido del interior hervía.

—Abre la boca.

—No.

—Abre la boca.

—No sé qué contiene eso.

—Yo sí.

—Eso no me tranquiliza...

Nana le agarró la mandíbula con una fuerza impropia de una mujer de su edad, Rutger apenas tuvo tiempo de protestar.

El brebaje descendió por su garganta, durante un segundo creyó que se estaba incendiando.

Luego sintió calor.

Mucho calor.

Un calor maravilloso.

Sus dedos dejaron de estar congelados.

La sangre volvió a circular. La vida regresó a su cuerpo.

—Por todos los demonios...

—Mejor.

—¿Qué era eso?

—No quieres saberlo.

Rutger reflexionó unos segundos.

—Tiene razón.

Se levantó.



Recogió espada y escudo.

Y volvió a cargar. Esta vez el espectro no tuvo tanta suerte.

La espada encantada atravesó la niebla espectral mientras Rutger descargaba golpe tras golpe.

Finalmente la aparición emitió un último alarido y desapareció para siempre.

—¡Excelente trabajo! —celebró la espada—. ¡Has superado la adversidad!

—Voy a venderte.

—¡Esa es la confianza que te llevará lejos!

Por toda la plaza la batalla continuaba:

Hansel intercambiaba disparos con los arqueros enemigos. Nadie estaba seguro de si apuntaba realmente o simplemente lanzaba flechas con optimismo. Sin embargo, una de ellas acabó impactando en el mago enemigo.

Hansel levantó los brazos victorioso.

—¡Le he dado!

—¡Milagro! —gritó Jonas.

Aquello fue un error.

Porque un instante después una flecha enemiga impactó en el joven guardia. Jonas cayó al suelo.

—¡Vengadme!



***

Waldo continuaba librando una guerra personal contra la magia.

Lanzó un hechizo. Falló.

Lanzó otro. Falló peor.

Intentó un tercero. Produjo humo verde.

Finalmente logró conjurar algo con éxito.

Por desgracia era una curación sobre sí mismo.

—Bueno —dijo observándose—. Al menos uno de nosotros mejora.

****

Cynaghan, en el centro,  estaba disfrutando enormemente: Petrificaba soldados enemigos,  encantaba armas. Contrarrestaba hechizos. Y ocasionalmente gritaba palabras arcanas que sonaban impresionantes incluso cuando nadie entendía qué significaban.

Entonces varios soldados de la Bruja Roja alcanzaron el centro de la plaza.

Su objetivo era evidente. El sarcófago.

—¡Se llevan el botín! —gritó Hans

—¡Ni hablar! —rugió Cynaghan.

Uno de los ladrones llegó a colocar las manos sobre el sarcófago. 

Fue su último movimiento voluntario.El hechizo del mago lo convirtió instantáneamente en piedra.

El desafortunado quedó congelado en una pose ridícula.

Justo en ese momento apareció Rutger.

Corriendo...Demasiado rápido.Todavía bajo los efectos de varios hechizos. Y con una capacidad limitada para frenar.

—Oh, no.

CRASH.

El escudo impactó de lleno contra la estatua. La figura petrificada salió despedida varios metros.

Rutger terminó rodando por el suelo.

—Objetivo neutralizado —declaró desde la nieve.

—Técnicamente sí —admitió Cynaghan.

****

Poco a poco la oscuridad empezó a caer sobre Felstad, la banda de la Bruja Roja inició la retirada, sus hombres desaparecieron entre las ruinas y la niebla.



Los supervivientes de Cynaghan comenzaron a reagruparse alrededor del sarcófago. Nana atendía a Jonas. Angus comprobaba el estado del botín. Y Waldo intentaba parecer responsable.

Rutger bebía de la petaca con la concentración de un erudito estudiando un manuscrito antiguo.

Entonces alguien miró alrededor.

—¿Dónde está el Loco del Pato?

Hubo un silencio.

Todos miraron en distintas direcciones.

Rutger suspiró.

—Bueno.

—¿Vamos a buscarlo? —preguntó Waldo.

—¿Al pato o al loco?

—Al loco.

—No.

—¿Y al cofre?

Rutger dio otro trago a la petaca.

—Si lleva más de cinco minutos con él, legalmente ya es suyo.


****

Y aquí terminó el enfrentamiento entre la Bruja Roja y el Asombroso Cynaghan. En esta ocasión sólo me pude llevar dos cofres de dinero, mientras que mi oponente había asegurado 3, antes de retirarse.

Por mi parte me había ventilado varios espectros que eso me daban puntillos extra de experiencia. Esto hace ya un total de 5 niveles que he aprovechado para rebajar la dificultad de algunos hechizos y darle un puntito más de combate.

Finalmente conseguí 2 grimorios y bastante dinerete, que como uno de los grimorios era de un hechizo que ya conocía lo vendí por una módica cantidad, incrementando las arcas de la banda.

Jonas se recuperó sin problemas, listo para próximas aventuras.

Y es que con este último escenario empieza la verdadera historia, con la muerte de su antiguo sire, Garbeowyn, anuncia una amenaza mayor...

***

Asegurada la zona, en la medida en que eso era posible en Felstad, Cynaghan se acercó al sarcófago y trazó una serie de símbolos sobre la piedra.

La tapa se abrió con un gemido profundo.

Una columna de luz azul emergió del interior, y de ella se desprendió una forma luminosa, como un fragmento de conciencia antigua liberado tras siglos de encierro. Por un momento le recordó mucho al Viejo Garbeowyn

—Exactamente lo que esperaba —murmuró Cynaghan, satisfecho.

—Yo no esperaba nada de esto —gruñó Rutger.

La figura flotó un instante y luego salió disparada hacia el cielo, en dirección al Mausoleo.

—Va hacia allí —dijo el mago.

—Claro —suspiró Rutger—. Todo en esta ciudad va hacia sitios peores. 

Dio un trago a su petaca.




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