jueves, 11 de junio de 2026

Historias de Felstad (Relatos): Jomer el Amarillo (Relato)

 Jomer el Brujo 

                                                Relato escrito por Rekens.


Jomer el brujo se despertó. No recordaba nada de la noche anterior. Bueno, eso no era cierto: no recordaba casi nada.

La tarde anterior había recibido una carta de su antiguo maestro Gaerbeowyn, en la que se le conminaba a acudir en su ayuda a la antigua ciudad helada de Felstad. Si no fuera porque la había abierto y leído delante de su entrometido ayudante, la habría tirado inmediatamente y santas pascuas.

No le guardaba ninguna simpatía a su antiguo maestro. En la escuela de magia lo acosaba constantemente, recordándole cada día que era el peor alumno que había pasado jamás por allí. Algo que, por otro lado, era completamente cierto. Jomer tenía las peores habilidades mágicas jamás vistas. En la escuela de magos intentó que lo aceptaran en todas las casas.

Primero probó con la adivinación, pero su único acierto fue adivinar que no lo escogerían. Después intentó ser cronomante, pero lo descartaron al llegar incomprensiblemente tarde a la entrevista.

Su intento de aprender a lanzar bolas de fuego acabó con el colegio en llamas y tres aprendices menos. Probó a encantar objetos, pero estos empezaban a cantar alegres canciones con acento francés y se volvían insoportables. Una vez usó unas runas antiguas para invocar un ser abisal, pero en su lugar apareció un ser abismal, y eso provocó un hoyo infinito que hizo desaparecer la torre de los alquimistas (algo que tampoco supuso un gran problema, porque esos drogadictos no le caían bien a nadie).

Estaba tan desilusionado que descartó el ilusionismo. Su sueño de ser maestro rúnico se acabó cuando su tutor le dijo que para ello tenía que ser más inteligente que las piedras. Jomer ocultó sus primeros intentos con la necromancia cuando, al intentar resucitar un caniche, provocó lo que más tarde se conocería como la «Gran Guerra Zombi», que asoló el continente.

Así pues, solo le quedaron dos opciones: taumaturgo o brujo. La elección estuvo clara cuando le pidieron que deletreara «taumaturgia».

Aun así, sus inicios con la brujería tampoco fueron fáciles. Su antiguo maestro Gaerbeowyn lo humillaba constantemente y, cuando estaban a punto de expulsarlo, Jomer descubrió por fin su verdadero talento: la destilación de pociones.


Siendo sinceros, sus pociones mágicas no eran, al menos en el sentido estricto de la palabra. No te daban fuerza, pero levantaban el ánimo, y tampoco curaban, pero dolían menos las heridas. El único efecto secundario era un terrible dolor de cabeza al día siguiente, aunque este se pasaba al consumir más pociones.


Rápidamente, Jomer se convirtió en alguien muy popular, sobre todo cuando anunciaba que había destilado una nueva poción. La cola para probarla daba la vuelta a la torre, provocaba altercados e incluso una vez hizo que aparecieran mujeres por los alrededores. Este hecho excepcional acabó otorgando a Jomer su graduación a regañadientes de Gaerbeowyn ya que ver una mujer en la escuela, era algo que ninguna magia había logrado antes.

Su aprendiz, al que llamaban Bartolomew el Deslenguado porque no se callaba ni a tiros, interrumpió sus recuerdos y se sorprendió de que Jomer no empaquetara sus cosas inmediatamente y saliera en busca de su antiguo maestro. Así que empezó a coserle a preguntas. Jomer intentó cambiar de tema y lo mandó a fregar, pero su aprendiz era tan pequeño como insistente. Al final, Jomer abandonó el pequeño cuchitril donde vivían y se fue a un sitio donde pudiera pensar con más claridad. Es decir, a la taberna.

Cuando alquiló su casa, le dijeron que al final de la calle había una pequeña playa de hermosas vistas, pero como a mitad de camino estaba la taberna, Jomer nunca había visto el mar.

Cuando iba por la tercera jarra de hidromiel, Jomer empezó a considerar la propuesta desde otros ángulos. Por fin tenía la oportunidad de demostrar que Gaerbeowyn se equivocaba. Se había convertido en un brujo de pleno derecho, pero aún tenía miedo al fracaso.

Inmerso en sus pensamientos, Jomer pidió otra ronda, algo que hacía siempre cuando tenía que pensar… bueno, y cuando no también.

Como pensar era agotador y le daba sed, empezó a explicar a los parroquianos de la taberna sus vicisitudes. Prometió pagar una ronda si le ayudaban, algo que fue recibido con algarabía. Después de un rato, Jomer escribió sus conclusiones:

10 personas dijeron que ayudara al viejo ese, pero que después se lo restregara en la cara por "desgraciao".

9 dijeron que el viejo era un gilipollas y que le dieran por saco.

8 dijeron que «si los curas comieran chinas del río, no estarían tan gordos los tíos jodidos», entonando una alegre melodía.

1 persona preguntó dónde estaba el baño.

Jomer agradeció la ayuda y declaró a voz en grito que iba a restregárselo todo al viejo, y que «no sabía con quién se estaba metiendo». La frase fue vitoreada mientras Jomer bailaba encima de una mesa, con el delantal de una camarera en la cabeza a modo de tutú.


La fiesta se terminó en cuanto alguien sacó el tema del «Piedra Pie», deporte tan popular como mortal. Se produjo una gran discusión sobre cuántas piedras podría romper a cabezazos la estrella del equipo local. El debate sobre si serían tres o más, y el tecnicismo de «si con gorra o sin ella», acabó provocando una batalla campal.

Y eso era todo. Ahora Jomer se había comprometido en público a ir. Se sorprendió a sí mismo pidiéndole a su ayudante que empacara y se pusieron en marcha ipso facto. A Jomer todavía le duraba la euforia del día anterior y, además, era consciente de que con el tumulto no había pagado ni una ronda. Así que, en el fondo, salir del pueblo no era tan mala idea.

Emprendieron la marcha hacia una aventura de final incierto, pero Jomer al menos sabía algo: que, pasara lo que pasara, siempre podía resolverlo todo con una de sus pociones… y si no, al menos olvidarlo por completo.

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