martes, 30 de junio de 2026

[Sr. Marrón] Frostgrave: Las Aventuras del Asombroso Cynaghan III (incorporaciones y enfrentamiento)

—¡PUM!

El cabo Rutger Arms aterrizó sobre una mesa de la taberna. La madera cedió, las jarras salieron volando y un plato de estofado acabó sobre un cliente que no tenía nada que ver con la pelea.

Rutger escupió sangre y un diente.

—Ese era bueno.

—¡Vamos, Tigre! ¡Levántate! —animó la espada desde la vaina—. ¡La perseverancia es la clave del éxito!

—Te voy a utilizar para remover el carbón.

Frente a él estaba Manfred Dagger. Su eterno rival. Habían competido por ascensos, recompensas, y en ocasiones...mujeres. 

Manfred sonrió. Era una sonrisa que Rutger llevaba veinte años intentando borrar a puñetazos.

—Te estás haciendo lento.

—Y tú sigues siendo apestoso.

Manfred avanzó, amagó un golpe y lanzó otro.

Rutger no se tragó el engaño, recibió el impacto amortiguándolo con el hombro y respondió con un gancho que hizo retroceder varios pasos a su rival.

—¡Ohhhh! —rugió la taberna.

Ambos volvieron a lanzarse el uno contra el otro.

Justo entonces se abrió la puerta. Waldo entró acompañado por Hans que rápidamente se interpuso entre los dos combatientes. Detrás de él, apareció Nana. La anciana avanzó despacio, ajustándose sus pequeñas gafas redondas.

Rutger y Manfred la vieron. Y, para sorpresa de todos, bajaron ligeramente los puños.

La última persona que había ignorado a Nana durante una discusión había pasado tres días "indispuesto" en una letrina.

—Ya es suficiente—dijo Waldo, sin demasiada seguridad.

—Él empezó.

—Mentira.

—Cállense los dos —dijo Nana con una voz amable y al mismo tiempo, amenazante.

Hubo un silencio inmediato.

—El Asombroso Cynaghan quiere veros.- dijo Waldo.

Las caras de Rutger y Manfred empeoraron al instante.

*********

Bienvenidos de nuevo, seguimos con nuestra campaña de Frostgrave, en esta ocasión tras los eventos ocurridos en las anteriores partidas, poco a poco los magos han ido haciendo una foto general de lo que ha ocurrido, su antiguo sire, Garbeowyn, estaba involucrado en un plan para evitar el despertar de lo que se considera una leyenda olvidada en Felstad: El Lord Liche.

además ahora tienen una misteriosa esfera azul que les guía

Éste quedó atrapado en los subterráneos de la ciudad, pero ahora que se está descongelando una parte de la ciudad, parece que su cárcel de hielo también se está debilitando, y ha utilizado su consciencia y presencia para movilizar a sus agentes para preparar este regreso.



Mientras tanto, en la banda del Asombroso Cynaghan, se ha incorporado un nuevo miembro, y un viejo conocido del cabo Rutger, Manfred Dagger, un buscador de peleas, malcarado y que está continuamente buscándole las cosquillas al cabo, y  suponemos que como Rutger está haciendo las de "capitán", eso a Manfred y que encima es su rival de toda la vida, no lo está llevando bien, pero el mago paga bien, y Manfred es un reconocido caza tesoros.

Sigo con mi política de ir "retirando" a los civiles, e ir reclutando a soldados y especialistas, o mejor dicho, profesionales, y Manfred cubre esas necesidades.

De echo, debutó en la partida que detallaremos más adelante, haciendo lo que se supone que debe hacer: encontrar tesoros y huir con ellos.


Y es que hemos llegado a un punto de la campaña donde se aplican algunos escenarios del Deshielo de Lord Liche, y a los jugadores se les proporcionó un poema que habla de ciertos puntos o elementos que anuncian el retorno de esta peligrosa entidad:

una breve foto de la "interface" que les hice a los jugadores.

La Batalla del Sol Sombrío


(en este enfrentamiento se encontraron las bandas de Eddie, el Sr. Rubio y un servidor, en el escenario del Eclipse)

Avanzar sin resbalar y romperse la crisma ya era complicado de por sí. Hacerlo bajo una lluvia helada, con la noche cayendo y unas ruinas llenas de trampas era, sencillamente, una mala idea. Pero nadie había ido a Felstad en busca de buenas ideas.

Cynaghan levantó una mano para detener la marcha.

—Hay otros magos cerca.

Rutger suspiró.

—Genial.

Al llegar a una plaza parcialmente derruida los vieron.En el centro había dos mujeres con túnicas de hechicera que discutían acaloradamente.

Ninguna de las dos le sonaba a Cynaghan. Y eso le preocupaba.

Últimamente estaban apareciendo demasiadas mujeres practicando la magia. Era una tendencia que el viejo mago no terminaba de comprender. Bastante tenía ya con Nana, que utilizaba una misteriosa forma de hechicería capaz de obligar a la gente a hacer exactamente lo que ella quería. 

Cynaghan llevaba semanas intentando averiguar cómo funcionaba, aunque sospechaba que no era magia. Sino algo mucho peor.

Las dos hechiceras apenas prestaron atención a la llegada de la expedición. Su discusión fue subiendo de tono. De las palabras pasaron a los insultos. De los insultos...

...a los conjuros.

—¡Uy! —exclamó Cynaghan.

Sin pensárselo dos veces, se agarró la túnica con una mano, el gorro con la otra y salió corriendo poco dignamente,  hacia el muro más cercano con una agilidad sorprendente para un hombre de su edad.

No era una retirada. Era una reubicación táctica muy rápida.

Llegó jadeando junto al resto de la banda.

En ese mismo instante una esfera luminosa, del tamaño de una piña, pasó silbando por encima de sus cabezas, impactando contra un edificio en ruinas.

¡BOOM!

Media fachada desapareció entre polvo, piedras y hielo.

Cynaghan abrió mucho los ojos.

—¡¡Uooo!! ¡¡Nos atacan!!

Rutger contempló tranquilamente el boquete que acababa de aparecer.

Luego miró al mago.

Otra explosión hizo temblar la plaza.

Rutger, comprendió lo que debía hacer y desenfundó la espada.

—Ahora nos toca a nosotros.

Una voz surgió de su espada.

—¡Eso es, toma el liderazgo!

Rutger cerró los ojos un instante.

—Va a ser un día muy largo.

****

La escasa iluminación obligó a la banda a avanzar mucho más agrupada que de costumbre.

Rutger encabezaba el grupo principal, que se internó entre los restos de una casa derruida.

Mientras tanto, Hans y Manfred exploraban una antigua mansión señorial, seguidos, cómo no, por el Loco del Pato.


Como era de esperar, el primero en encontrar algo fue el mendigo. Un pequeño cofre.

—¡Tengo un tesoro... y me voy!

Y salió corriendo. Nadie intentó detenerlo. Se había convertido ya en una tradición.

Waldo lo observó alejarse negando con la cabeza.

Cynaghan, por su parte, sacó teatralmente de una de sus interminables mangas al ya famoso búho.

El ave remontó el vuelo torpemente  hasta el capitel de una torre cercana. Dándole una buena panorámica de la zona



El mago cerró los ojos.

—Ya os veo...

A través del búho localizó a las bandas rivales... y, sobre todo, a los magos enemigos.

******

De repente, una figura vestida de negro cruzó como un relámpago delante de Jonas. Agarró un cofre y apenas había dado dos pasos cuando...

—¡Zas!

Una flecha le atravesó el pecho. Hans bajó el arco con tranquilidad.

—Uno menos.

Jonas se acercó al cuerpo y, tras comprobar prudentemente con el pie que estaba muerto, recogió el cofre. Al instante sintió un escalofrío.

Su espada comenzó a brillar con una tenue luz azul y todos sus sentidos parecieron agudizarse.

—¿Qué...?

—No te preocupes —dijo Rutger, apareciendo tras él—. Es cosa del mago. Uno acaba acostumbrándose.

No terminó la frase.

Una pequeña estatua de piedra salió corriendo de entre las ruinas blandiendo un diminuto cuchillo.

Rutger intentó interceptarla, pero llegó tarde.

Jonas apenas tuvo tiempo de levantar la espada. Consiguió desviar el ataque, aunque la hoja de piedra le abrió un corte en el muslo.

—¡Maldita figurita!

Rutger entró por fin en combate. Entre ambos derribaron a la criatura a golpes, aunque no tuvieron tiempo de celebrarlo.

BOOOOOM.

BOOOOOM.

Varias esferas de luz comenzaron a caer sobre ellos, explotando entre las ruinas.

—¡A cubierto! —rugió Rutger.

Los dos echaron a correr mientras las explosiones levantaban nieve, piedras... y algún que otro trozo de estatua.

*****

Cynaghan observaba el combate con una mezcla de fascinación y prudencia.

Las dos hechiceras seguían demasiado ocupadas intentando reducirse mutuamente a cenizas como para fijarse en ellos. Entre bolas de fuego, esferas explosivas y rayos de colores, estaban ofreciendo un espectáculo digno de una fiesta mayor... si uno ignoraba el pequeño detalle de que todo explotaba.





Fotos de las bandas de Eddie y Rubio luchando entre ellas y contra la fauna

A su alrededor reinaba el caos: Mercenarios luchando entre sí. Cadáveres animados. Gólems de metal oxidado. Enormes hombres bestia.

Y, durante un instante, Cynaghan juraría haber visto un troll.

—Un puñetero troll... —murmuró ajustándose las gafas.

Decidió no mirar dos veces. A veces Felstad mejoraba cuando uno dejaba de prestarle atención.

El viejo mago poco podía hacer en semejante batalla. Se limitó a reforzar a los suyos, lanzar alguna curación a distancia y confiar en que Nana llegara antes que la Muerte. La anciana ya se había plantado junto a Rutger y Jonas, repartiendo brebajes con el mismo cariño con el que un sargento reparte broncas.

Entonces Waldo llegó jadeando.

—¡Maestro! ¡Los botines están asegurados!

Cynaghan levantó la vista. El eclipse ya cubría el cielo por completo.

Asintió.

—Bien. Ya hemos visto suficiente ciencia por hoy.

—¿Nos retiramos? —preguntó Waldo.

—Retirada táctica.

—¿Cuál es la diferencia?

—Que en la retirada táctica conservas la dignidad.

Desde el otro lado de la plaza una explosión derribó media fachada de un edificio cercano a ellos, y un espeso banco de niebla oscura se estaba materializando a unos metros de ellos...

Cynaghan carraspeó.

—Y, sobre todo, conservas la vida.

Rutger no discutió la orden.

Nana tampoco.

Aquello fue suficiente para que todos comprendieran que, efectivamente, era hora de marcharse.

****

En las partidas de 3 jugadores, a veces pasa que uno se queda un poco "desconectado" del resto de la partida, y en este escenario era más habitual, debido a que la linea de visión se va reduciendo considerablemente conforme avanza la partida. Con lo que me encontré avanzando tranquilamente, con algún pequeño encuentro que fácilmente pude neutralizar, y centrar toda mi atención en el centro de la mesa para llevarme el tesoro central. Al final me salí con la mía.

Con lo que en esta partida me había ido bastante bien, gracias a los conjuros para "bufear" a mis soldados y tener un fácil acceso a ir curando a la gente, al final del encuentro no había sufrido ninguna baja, pese a tener muchas miniaturas heridas. Encima me saqué 3 marcadores de tesoro que me dieron más dinerín, un arco mágico que va a ir para Hans (tiene una fijación extraña en eliminar Ladrones enemigos con One-shots, seguro que puedo sacar alguna historieta de ello).

Como guinda final, durante el descanso en la Biblioteca (la guarida donde descansan) se encontraron un pequeño pergamino con el hechizo de Petrificar.

El resultado final es que ya tengo al bueno de Cynaghan con nivel 7, con mejoras en hechizos, y uno nuevo que ha aprendido y seguro que le podrá sacar partido.


Nos vemos en la siguiente crónica.

jueves, 25 de junio de 2026

Historias de Felstad (Informe): Batalla del Tesoro Embrujado

(La siguiente historia es escrita por el Camarada Mò, del enfrentamiento El Tesoro Fantasmal contra Rekens) 


Encuentro tras seguir un rastro arcano.

(O cómo Noxor, el endeble, aprendió que la verdadera fuerza no radica en no caer nunca, sino en levantar a aquellos que ya han caído hace tiempo cada vez que la adversidad te golpea)



La escarcha crujía bajo mis botas como los huesos de un recién nacido. Felstad. La joya congelada en un fin del mundo oculto a los profanos. Un lugar tan acogedor como el abrazo de una tía tísica y con un clima que haría que un cabestro adulto empeñase sus testículos por algo de calor. La niebla lo envolvía todo en un sudario gris, un velo de tedio absoluto que se pegaba a la piel y al alma. Allí estábamos, mis harapientos hombres y yo, Noxor, el endeble, un nombre que, he de admitir, no ayuda a la autoestima, pero que describe a la perfección mi constitución física y el camino recorrido con sobrecogedores esfuerzos. Tampoco lo escogí yo, pero hice del insulto una parte de mi. Del escarnio, una fortaleza.

El rastro mágico, una pestilencia arcana que solo un imbécil, o un discípulo de Garbeowyn, no podría ignorar, nos había conducido a aquellas ruinas. Un patio adoquinado que antaño debió de ser un lugar importante, quizás donde los antiguos dueños de Felstad iban a azotar a sus sirvientes, o a celebrar aburridos festivales de la cosecha. Ahora solo era un escenario para una tragedia. Y allí, en el otro extremo, como una mancha de un aceite rancio en un paño mortuorio, estaba él. Jomer el Amarillo. El brujo Ictérico.

Su piel, un homenaje viviente a la ictericia, resplandecía con un tono enfermizo incluso en la penumbra. Un brujo. Siempre tan… visceral. Recuerdo nuestras lecciones con Garbeowyn. Mientras yo intentaba desentrañar las sutilezas de la nigromancia, él se dedicaba a maldecir el hígado de las vacas del establo por puro despecho. Profesionalmente lo desprecio, por supuesto. Pero en algún rincón oscuro, y no confesado de mi ser, aprecio su dedicación al oficio. Es un fastidio constante, pero un fastidio con estilo, como una verruga particularmente bien situada. Jamás se lo diré, naturalmente. Preferiría besar a un demonio de la peste en la boca.


—¡Noxor, lacra descolorida! —graznó Jomer, su voz como el chirrido de una puerta de cripta oxidada—. ¿Has venido a que te done un poco de mi color? ¡Vas más pálido que un cadáver de tres semanas!


—Querido Jomer —respondí, con una calma que no sentía, mientras mis dedos se entumecían—, veo que tu hígado sigue filtrando bilis directamente al cerebro. Es la única explicación para tu osadía. ¿O acaso confundes la magia negra con la indigestión crónica?


El intercambio de cortesías se vio interrumpido por algo que heló la sangre más que el gélido viento de Felstad. Del interior de una torre en ruinas, surgió una figura. No era un hombre. Era un Espectro. Un guardián de ultratumba, una cosa de frío absoluto y odio ancestral que debía llevar siglos custodiando algún tesoro olvidado entre aquellos escombros. Flotaba, etéreo y terrible, con la promesa de una muerte peor que la que había en sus ojos vacuos.


—¡Un espectro! —aulló uno de los matones de Jomer, un bárbaro con más músculo que seso, cuya inteligencia rivalizaría con la espada que portaba.


—¡Ballestero! ¡La saeta sacra! —chilló Jomer con esa voz suya de rata acorralada.


Y entonces, ocurrió. El ballestero de Jomer, un tipo con cara de estar estreñido desde la última luna llena, disparó. Un virote llameante, imbuido con una magia ridículamente efectiva, surcó el aire. No fue un vuelo elegante, sino un zarpazo de luz barata en la penumbra. Atravesó al Espectro justo en el centro de su forma inmaterial. Hubo un silencio incrédulo, un aullido que no era sonido sino una vibración en el tuétano, y luego… nada. El guardián eterno, el terror de las ruinas, se desvaneció como un pedo en un vendaval. Simplemente, desapareció, esfumándose en la nada sin dejar rastro. Fue tan anticlimático que casi pude oír a la propia Muerte soltar un bufido de decepción.


—Bien —dije, sin inmutarme—. Eso ha sido un presagio de que esta va a ser una tarde de mierda. Al ataque, mis inútiles esbirros.


Y la carnicería empezó. Un auténtico festival de sangre y crúor. Las flechas surcaban el aire, las espadas se estrellaban contra escudos y cráneos. Yo, mientras tanto, me concentré. Sentí el familiar y delicioso cosquilleo de la nigromancia fluyendo desde mi nuevo hogar, esa acogedora cripta donde cosecho tejido muerto y otras exquisiteces. El cansancio crónico, mi estado natural, empezó a disiparse. Es una sensación maravillosa, como si la vida real fuera una resaca y la nigromancia un caldo sustancioso. Me sentí físicamente mejor, más crecido. Los tendones me crujían con energía renovada.


—¡Por las pústulas supurantes de Ur-had! ¡Levántate, Ovrozis! ¡No te quedes ahí mirando como un besugo a medio descomponer! —le ladré a mi aprendiz.


Necrosador Ovrozis. Un nombre imponente para un completo y absoluto inútil. El muchacho tiene la capacidad mágica de un canto rodado. Le pedí que animara un esqueleto de rata una vez y lo único que consiguió fue que le diera alergia. Observaba la batalla con la misma expresión de embobamiento que un perro al que le enseñan un truco de cartas. Confiaba en él tanto como en un ungüento para la lepra hecho de ortigas.



Pero yo no lo necesitaba. Alcé mis brazos y recité palabras que sabían a moho y desesperación. La tierra se agitó. Del suelo adoquinado, entre la niebla, surgieron mis creaciones. Zombis de carne cenicienta y andares torpes, cráneos animados que castañeteaban sus dientes con un ansia asesina. Mis niños. Mis pequeños y hediondos niños. Se lanzaron contra las filas de Jomer con un entusiasmo carente de toda habilidad pero sobrado de hambre.

Luego, el toque maestro. Para mi querido Jomer y sus hombres, entre ellos su patético bárbaro, que ya estaba ocupado intentando aplastar un cráneo animado como quien espanta una mosca particularmente persistente, tenía reservadas varias sorpresas. Ver las acciones del bárbaro me puso creativo, así que conjuré una Plaga de Insectos. No mariposas, no. Un enjambre de moscardones con el vientre hinchado de podredumbre. Los insectos atacaron a uno de los matones de Jomer, pero molestaron especialmente a su bárbaro. El bárbaro, un hombretón que podría estrangular a un oso, empezó a gritar como una doncella en su noche de bodas. Los insectos se le metían por la nariz, por las orejas, bajo el peto de cuero. Bailaba una danza espasmódica, aullando de agonía mientras el sabueso de guerra de Jomer, un mastín baboso y con cara de pocos amigos, era reducido a una pulpa sanguinolenta por mis zombis. La sangre, caliente y espesa, salpicó la nieve gris como un vómito de rubíes. Fue una hermosa coreografía de sufrimiento.

Fue entonces cuando uno de mis propios ladrones, un desgraciado llamado Remek, decidió robar su pequeño momento de gloria. Había agarrado un botín, un cofre pequeño que emanaba un aura mística, y corría hacia nuestra zona. Pero las ruinas estaban malditas. El lugar mismo era una trampa para la voluntad. Remek se detuvo en seco, soltó un alarido y se giró. Con una sonrisa de idiota, comenzó a caminar, con el tesoro en brazos, directo hacia las líneas enemigas. Directo hacia Jomer.


—¡Maldito seas, Remek! ¡Te juro que te desollaré para hacer pergaminos! —rugí, con una furia que apenas podía contener.


Mis hombres, benditos sean sus corazones codiciosos y aterrados, consiguieron interceptarlo. Tuvieron que empujar a los hombres de Jomer en una escaramuza brutal, una confusión de acero, barro y maldiciones. Uno de mis soldados recibió un hachazo en el hombro que le abrió la carne hasta el hueso, pero lograron frenar el avance de los hombres de Jomer, y conseguir tiempo para que el pobre Remek, que cayó al suelo balbuceando sobre mariposas de color púrpura y el fin del mundo, no entregase al enemigo lo que ya se había conseguido con esfuerzo.

El combate fue cruento. Brutal. Un descenso a la barbarie más absoluta. Jomer, viendo a su bárbaro convertido en un panal humano ensangrentado por mis insectos y por los filos de mis hombres, a su sabueso de guerra desplomado y a varios de sus hombres muertos o huyendo, tomó la única decisión sensata en un día de decisiones estúpidas. Agitó sus brazos amarillentos, maldiciendo entre dientes, y ordenó la retirada. Nos lanzó una última mirada, una mezcla de veneno puro y, me atrevería a decir, un ápice de respeto a regañadientes.


—¡Nos veremos, Noxor! ¡La próxima vez te arrancaré el bazo y lo usaré para adivinar el futuro!


—¡Para entonces, Jomer, tu hígado ya lo habrá predicho con quince días de antelación! —le espeté, con una sonrisa fina como un corte de papel.



Y se fue. Mis no muertos, con la lentitud de quien no tiene nada mejor que hacer, se dedicaron a rematar a los caídos mientras el resto de mis hombres saqueaba el lugar. Recuperamos dos tesoros. Monedas, las suficientes para mantener la cripta en funcionamiento y pagar el alimento de las hambrientas almas de mi manada. Pero lo mejor, la verdadera joya, fueron dos antiguos grimorios. Conjuros que no se habían pronunciado en siglos. Magia que haría que los hechizos de Jomer parecieran trucos de feria para entretener a niños tullidos.

Jomer, por su parte, se llevó sus propios botines. Oí decir a uno de mis hombres que sus cofres estaban repletos de monedas. Oro contante y sonante. Práctico, el ictérico. Muy práctico. Siempre tan pragmático para el mal.

Mientras la niebla volvía a cerrarse, más gris, más opresiva que nunca, observé el patio lleno de cadáveres. La sangre se congelaba en charcos de un granate oscuro. La escarcha empezaba a adornar los rostros de los muertos. Un día productivo. Encontramos el rastro de Garbeowyn. Un rastro que nos había llevado a esto, a matarnos entre hermanos de siniestra tutela. ¿Qué futuro nos espera? Uno atroz, sin duda. El maestro siempre tenía planes dentro de planes. Su legado es una losa de hielo sobre nuestras cabezas.

Recogí mis grimorios. Acaricié el cuero podrido de las cubiertas. Olí el conocimiento prohibido. Miré a mi aprendiz, Necrosador Ovrozis, que intentaba animar un dedo cortado y solo conseguía que le temblara el suyo propio. Le dediqué una sonrisa paternal, de esas que esconden un profundo deseo de estrangular al portador de tu sangre mistérica.


—No te preocupes, Ovrozis —le dije, con una ternura más falsa que una reliquia bendita en un mercado—. Algún día, si te esfuerzas, puede que consigas animar un padrastro.


Me giré y volví a mi cripta, al silencio de los muertos. Eran, con diferencia, mejor compañía que los vivos. Y mucho más silenciosos que los aprendices. El mundo seguía gris, frío y opresivo. El espectro y su tesoro se habían desvanecido como una promesa rota. Pero yo me sentía bien. Más fuerte. Más endeble, quizás, pero con dos grimorios nuevos y la certeza de que, por hoy, había ganado. Aprecio a Jomer. De verdad que sí. Es el único rival que me hace sentir que mi existencia, al fin y al cabo, tiene un poco de asquerosa diversión.

viernes, 19 de junio de 2026

[Sr Rubio] Guía de uso del OPR – Rubio style

Buenas! 

Esta es una entrada que tenía ganas de escribir. Todo debido a una conversación aparentemente intrascendental con Eddie, pero que ha desembocado en una vorágine de caos y destrucción construcción importante. Esta es la primera entrada, pero no va a ser la última.

El caso es que estábamos hablando con Eddie sobre el reto 101, que podríamos haber usado el OPR como reglamento/listas pasando de los “nombres” que vinieran inscritos en las tarjetitas… y de ahí pasamos a comentar los diferentes usos que tiene el OPR para nosotros. No pasó de un breve intercambio, así que me he venido al blog a explayarme a gusto…

Para mí, OPR tiene 2 (3) usos claros: 

1) Como W40k lite. Juega en el universo del 40k, con los ejércitos y héroes del 40k, pero con unas reglas y “body-count” más asequibles. En la práctica, una edición más del 40k disponible, como intentamos explorar en este programa.

2) Como sandbox para que te hagas tu propio casino. Usa las reglas del juego, coge alguna de las listas existentes (o crea la tuya propia mezclando libros) y cuenta tu propia historia.

3) Juega a OPR como OPR. Con el trasfondo que están soltando, con sus minis propias… Ahora que hay caja de dos jugadores de plástico empieza a ser una opción.

La 3 es una opción solo desde hace poco, así que no voy a darle más importancia. Porque aunque lo que se empieza a saber (a nivel de trasfondo) es interesante, todavía le falta recorrido. Veremos en unos añitos, como está (mejor, seguro, teniendo en cuenta la deriva de los precios de James).

Así que voy a explayarme con la 1 y la 2.

Para mí, la 1 es el motivo principal de creación de las OPR. Estoy convencido de que no veremos nunca ningún comentario oficial diciendo “sí, creé las OPR para jugar al 40k sin jugar al 40k”, pero es obvio: los ejércitos (sobre todo los primeros) eran calcos del 40k. Las opciones de juego solían ser las mismas que tenías en los codex de James. Sí que es cierto que tenías algunos ejércitos que venían de Mantic o el Legion, pero eran minoría (y el Warpath en cierto sentido es otro intento de sacar un 40k de marca blanca).

Minis del 40k, próximamente en su supermecado de confianza... más o menos

¿Es esto algo malo? Por supuesto que no. Tengo multitud de minis de James en casa, compradas en tiendas (y algunas de 2ª mano). Pero una vez en mi casa, soy libre de usarlas con las reglas que prefiera. En mi caso, las minis viejas en 2ª y las modernas… las modernas no las uso XD Porque para jugar a James tengo que aprender un reglamento nuevo cada 6 meses, y bastante tengo con aprenderme un reglamento nuevo cada 15 días para el podcast :P Y que seguramente con lo que tengo no pueda jugar. Tal vez hayan eliminado perfiles, o necesite más minis, o…

Así que aunque voy a intentar pintar mis ejércitos de 2ª en su totalidad (este año me gustaría meterle mano al Caos), no me planteo pintar mis marines “modernos” o el ejército orko que me hice con las llegada de 8ª y la crisis de los 40 xD

Pero… ahí están las OPR. He jugado poco a las OPR, pero las partidas con mis necrones me fueron más satisfactorias que a 9ª, al no tener que estar recordando las reglas de nobleza necrona, de la subfacción, de… También ayuda el tamaño de partida, más cercano a 2ª que a 8ª (en número de minis). Hay que pintar menos (también hay que comprar menos, pero en mi caso las minis ya están en casa en su mayoría xD).

Así que si quiero sacar los Sangrientos de casa, o los necrones, o los Tau… voy a preguntar si algún viejuno quiere jugar a las OPR, no a 11ª.

¿Qué tiene este enfoque también? Que, como he dicho, los proyectos de pintura son más manejables, de repente. Eso, con el tiempo libre que tengo, es algo que me gusta y motiva. Puedo pintarme en un tiempo razonable 25 minis y un par de tanques. No puedo pintarme 50-60 marines, más tanques, más aviones, más… en un periodo de tiempo razonable. Y no hablemos de orkos… xD

A pintar esto llego
A esto... tengo mis dudas. 

Eso es la principal razón de que exista el asalto a Kolenda IX (esperad más noticias sobre esto pronto).

Así que, en resumen, las OPR me permiten jugar a 40k sin jugar a 40k ni tener que vender a mi hijo.

Vamos con el segundo punto…

Las OPR son (¿eran?) agnósticas. Eso quiere decir que “unidad de 10 reclutas” en un ejército de “humanos” puede ser en realidad cualquier cosa. Minis de cadianos viejos (mientras que los nuevos son las tropas “normales”). Minis de otras marcas. Minis de otras razas (gretchins esclavos en un ejército de la GI? Why not?) ¿Y por qué tienen que ser “reclutas”? Tal vez sean perros entrenados. Un pelotón de monos. Robots semiconscientes.

Las OPR no tienen minis asociadas (o no tenían :P).

Así que puedes usar el reglamento y los codex para contar tu historia. Puedes tener una idea loca, encontrar un conjunto de reglas que te sirva (seres que viajan entre dimensiones usando las reglas de Demonios, por ejemplo) y construir tu mundo a partir de ahí. Es algo que queríamos hacer para el Reto 101, pero al final optamos por el Xenos.

Por ejemplo.

También, al ser agnóstico, ese tanque que necesitas… puede ser cualquier tanque. Una maqueta. Un juguete de Buzz Lightyear. Hecho de scratch, con un bote de champú. Impreso en 3D. Usando caracoles y dientes para hacerlo, o latas de sardinas (¿cómo sería un Turnip 40k?).

Queda con tus colegas, montad un universo propio y dotadlo de vida. Las OPR tienen variedad de listas como para cubrir cualquier aproximación que se os ocurra.

Así que para mí, estos son los principales usos de las OPR: para jugar al universo de James si las reglas de James, o para jugar a tu propio universo. Ambas opciones te darán muchas alegrías.

¿Y vosotros, que pensáis? ¿Las OPR como juego agnóstico o como un sucedáneo del 40k? ¿O con su propio trasfondo y facciones? (estoy enamorado de los Saurios…).

Contadmelo en los comments! :D

LVG Podcast: Ep. 19 Temp. 5: ¡No puedo creer que todavía no hayamos hablado de ello!

 


Volvemos tras otros 15 días, ya visualizando el final de la temporada, pero no por ello con interesantes contenidos y juegardos. Hoy los habituales sospechosos: Sr. Rubio, Eddie y el Sr. Marrón no dudarán en ello.

LVG 5 19

Y es que seguimos teniendo muchos juegos en el tintero, pero hay unos cuantos que no paran de salir en nuestras conversaciones y en vuestros comentarios, y no encontrábamos el momento para traerlos, pues hoy es el día.

00:05 El Sr. Rubio se pondrá el traje de Furro y nos hablará del Zoontalis, un juego para todas las edades y especies.

00:36 A través de su fragata espacial, Eddie nos hablara del A Billion of Suns, un juego que te convierte en el CEO más despiadado de la Galaxia.

01:05 Por otro lado, el Sr. Marrón sigue atrapado en el Medievo y nos hablará del Greathelm, un juego muy contenido pero muy divertido.

01:26 El Regreso del Sr. Rubio en una segunda y laaaarga sección de un juego muy interesante y ganador de galardones a mejor juego del año: el Moonstone.

02:04 Una hora de Tertulia Viejuna hablando de los juegos traídos, y un poquito de batallitas de Frostgrave (Estamos haciendo una campaña en el Blog).

03:00 Comentarios de nuestra selecta audiencia.

Esperamos que os guste el contenido de juegos que os hemos traído y os emplazamos a la próxima quincena.

Un abrazo.

jueves, 11 de junio de 2026

Historias de Felstad (Relatos): Jomer el Amarillo (Relato)

 Jomer el Brujo 

                                                Relato escrito por Rekens.


Jomer el brujo se despertó. No recordaba nada de la noche anterior. Bueno, eso no era cierto: no recordaba casi nada.

La tarde anterior había recibido una carta de su antiguo maestro Gaerbeowyn, en la que se le conminaba a acudir en su ayuda a la antigua ciudad helada de Felstad. Si no fuera porque la había abierto y leído delante de su entrometido ayudante, la habría tirado inmediatamente y santas pascuas.

No le guardaba ninguna simpatía a su antiguo maestro. En la escuela de magia lo acosaba constantemente, recordándole cada día que era el peor alumno que había pasado jamás por allí. Algo que, por otro lado, era completamente cierto. Jomer tenía las peores habilidades mágicas jamás vistas. En la escuela de magos intentó que lo aceptaran en todas las casas.

Primero probó con la adivinación, pero su único acierto fue adivinar que no lo escogerían. Después intentó ser cronomante, pero lo descartaron al llegar incomprensiblemente tarde a la entrevista.

Su intento de aprender a lanzar bolas de fuego acabó con el colegio en llamas y tres aprendices menos. Probó a encantar objetos, pero estos empezaban a cantar alegres canciones con acento francés y se volvían insoportables. Una vez usó unas runas antiguas para invocar un ser abisal, pero en su lugar apareció un ser abismal, y eso provocó un hoyo infinito que hizo desaparecer la torre de los alquimistas (algo que tampoco supuso un gran problema, porque esos drogadictos no le caían bien a nadie).

Estaba tan desilusionado que descartó el ilusionismo. Su sueño de ser maestro rúnico se acabó cuando su tutor le dijo que para ello tenía que ser más inteligente que las piedras. Jomer ocultó sus primeros intentos con la necromancia cuando, al intentar resucitar un caniche, provocó lo que más tarde se conocería como la «Gran Guerra Zombi», que asoló el continente.

Así pues, solo le quedaron dos opciones: taumaturgo o brujo. La elección estuvo clara cuando le pidieron que deletreara «taumaturgia».

Aun así, sus inicios con la brujería tampoco fueron fáciles. Su antiguo maestro Gaerbeowyn lo humillaba constantemente y, cuando estaban a punto de expulsarlo, Jomer descubrió por fin su verdadero talento: la destilación de pociones.


Siendo sinceros, sus pociones mágicas no eran, al menos en el sentido estricto de la palabra. No te daban fuerza, pero levantaban el ánimo, y tampoco curaban, pero dolían menos las heridas. El único efecto secundario era un terrible dolor de cabeza al día siguiente, aunque este se pasaba al consumir más pociones.


Rápidamente, Jomer se convirtió en alguien muy popular, sobre todo cuando anunciaba que había destilado una nueva poción. La cola para probarla daba la vuelta a la torre, provocaba altercados e incluso una vez hizo que aparecieran mujeres por los alrededores. Este hecho excepcional acabó otorgando a Jomer su graduación a regañadientes de Gaerbeowyn ya que ver una mujer en la escuela, era algo que ninguna magia había logrado antes.

Su aprendiz, al que llamaban Bartolomew el Deslenguado porque no se callaba ni a tiros, interrumpió sus recuerdos y se sorprendió de que Jomer no empaquetara sus cosas inmediatamente y saliera en busca de su antiguo maestro. Así que empezó a coserle a preguntas. Jomer intentó cambiar de tema y lo mandó a fregar, pero su aprendiz era tan pequeño como insistente. Al final, Jomer abandonó el pequeño cuchitril donde vivían y se fue a un sitio donde pudiera pensar con más claridad. Es decir, a la taberna.

Cuando alquiló su casa, le dijeron que al final de la calle había una pequeña playa de hermosas vistas, pero como a mitad de camino estaba la taberna, Jomer nunca había visto el mar.

Cuando iba por la tercera jarra de hidromiel, Jomer empezó a considerar la propuesta desde otros ángulos. Por fin tenía la oportunidad de demostrar que Gaerbeowyn se equivocaba. Se había convertido en un brujo de pleno derecho, pero aún tenía miedo al fracaso.

Inmerso en sus pensamientos, Jomer pidió otra ronda, algo que hacía siempre cuando tenía que pensar… bueno, y cuando no también.

Como pensar era agotador y le daba sed, empezó a explicar a los parroquianos de la taberna sus vicisitudes. Prometió pagar una ronda si le ayudaban, algo que fue recibido con algarabía. Después de un rato, Jomer escribió sus conclusiones:

10 personas dijeron que ayudara al viejo ese, pero que después se lo restregara en la cara por "desgraciao".

9 dijeron que el viejo era un gilipollas y que le dieran por saco.

8 dijeron que «si los curas comieran chinas del río, no estarían tan gordos los tíos jodidos», entonando una alegre melodía.

1 persona preguntó dónde estaba el baño.

Jomer agradeció la ayuda y declaró a voz en grito que iba a restregárselo todo al viejo, y que «no sabía con quién se estaba metiendo». La frase fue vitoreada mientras Jomer bailaba encima de una mesa, con el delantal de una camarera en la cabeza a modo de tutú.


La fiesta se terminó en cuanto alguien sacó el tema del «Piedra Pie», deporte tan popular como mortal. Se produjo una gran discusión sobre cuántas piedras podría romper a cabezazos la estrella del equipo local. El debate sobre si serían tres o más, y el tecnicismo de «si con gorra o sin ella», acabó provocando una batalla campal.

Y eso era todo. Ahora Jomer se había comprometido en público a ir. Se sorprendió a sí mismo pidiéndole a su ayudante que empacara y se pusieron en marcha ipso facto. A Jomer todavía le duraba la euforia del día anterior y, además, era consciente de que con el tumulto no había pagado ni una ronda. Así que, en el fondo, salir del pueblo no era tan mala idea.

Emprendieron la marcha hacia una aventura de final incierto, pero Jomer al menos sabía algo: que, pasara lo que pasara, siempre podía resolverlo todo con una de sus pociones… y si no, al menos olvidarlo por completo.