Noxor el Endeble
Relato escrito por el Camarada Mò
Noxor no nació. Supuró hacia la existencia en Northburg, esa llaga supurante en el mapa que los dioses olvidaron cauterizar. Una ciudad donde la luz del sol llegaba filtrada y perezosa, como si incluso su propia luminosidad encontrara agotador alumbrar tanta miseria. Donde las chimeneas vomitaban un hollín tan espeso que los niños aprendían a toser antes que a hablar, y la esperanza era un recurso no renovable que la gente sensata ni siquiera se molestaba en buscar.
Vino al mundo en el distrito de las fundiciones, donde el aire sabía a hierro y a pulmones quemados. Su madre, una costurera de sudarios a la que llamaban la Urraca, por su habilidad en vaciar los bolsillos de los cadáveres antes de amortajarlos, lo parió en el suelo de un taller abandonado, sobre una losa de piedra que aún conservaba manchas de algún tipo de negocio grasiento, sucio y ya olvidado. La criatura que salió de entre sus muslos parecía ya medio cadáver: azulado, consumido, con los ojos demasiado grandes para un cráneo que parecía pedir a gritos volver al vientre. La Urraca lo sostuvo contra la luz turbia de una vela de sebo, evaluándolo como quien examina una mercancía defectuosa.
—No vale la pena ahogarte —sentenció, con la voz ronca de quien fuma toda una vida—. Te vas a morir solo en una semana. Me ahorras el trabajo.
Lo llamó Noxor, una palabra que en la jerga de los callejones de Northburg significaba algo entre "resto" y "maldición". No le dio apellido. Los apellidos son anclas, promesas, pertenencias. Noxor no pertenecía a nada excepto a esa niebla perpetua que se arrastraba por los adoquines como un animal herido, buscando gargantas que llenar.
El apodo "el Endeble" se lo pusieron los huérfanos de la calle de los Cuchillos Rotos, una pandilla de pequeños depredadores que sobrevivían robando cadáveres recientes antes de que llegaran los carroñeros oficiales. Noxor era demasiado débil para luchar por los despojos. Sus muñecas parecían ramitas de sauce podrido; su pecho, una caja torácica diseñada para colapsar. Cuando corría, que era raramente, porque correr implicaba tener algo por lo que huir o hacia lo que ir, sus pulmones producían un silbido agónico que sonaba como un violín desafinado tocando su propio funeral.
Pero lo que nadie entendía —lo que nadie quería entender en un mundo donde la fuerza bruta era la única moneda de cambio— era que Noxor no luchaba por los cadáveres. Los observaba. Pasaba horas acuclillado junto a los cuerpos que los demás desvalijaban, estudiando el momento exacto en que la carne se convertía en otra cosa. El instante en que un ser humano pasaba a ser propiedad de las moscas. Había algo en esa transición que lo fascinaba, un umbral invisible que podía palparse si uno prestaba suficiente atención. El aire alrededor de un cadáver fresco era distinto. Más denso. Cargado de algo que no era exactamente olor, sino ausencia. Una negación.
Su educación formal en las artes arcanas comenzó con un cadáver, siguiendo las indicaciones de su maestro. Un mago de baja categoria, que estudiaba la magia de la muerte, llamado Boritz, conocido en los bajos fondos como "El Azote de la Indigestión" por razones que su físico explicaba sin necesidad de magia, tropezó con el niño mientras este examinaba el cuerpo de un ajusticiado en el patíbulo de la Plaza de los Lamentos. El verdugo había hecho un trabajo apresurado; el ahorcado aún pataleaba débilmente. La soga habia fallado en quebrar el cuello limpiamente. Los ciudadanos se habían dispersado, aburridos de un espectáculo mal ejecutado. Solo Noxor permanecía allí, observando el lento tránsito con la paciencia de un coleccionista de mariposas.
—¿Qué miras, gusano? —preguntó Boritz, más por crueldad que por curiosidad.
—El humo —respondió Noxor sin girarse.
Boritz entrecerró los ojos. No había humo. El patíbulo estaba frío, la mañana era despejada dentro de lo que Northburg permitía. Pero el niño señalaba con un dedo tembloroso hacia la boca entreabierta del moribundo.
—Ahí. Saliendo. Un poco. ¿No lo ve?
El mago obeso se inclinó para observar. Su instinto de mago mediocre luchaba contra su instinto de borracho empedernido. Y entonces, forzando la vista, lo vio. Una hebra finísima, casi transparente, que se elevaba de los labios del ahorcado como el vaho en un día de invierno. No era vapor. No era el alma, no exactamente. Era el residuo de algo que había estado y ya no estaba. La exhalación que provenia de algún lugar extraño.
Boritz sintió un escalofrío profesional. Aquel niño había visto algo que él, con treinta años de estudio mediocre, apenas podía percibir. Lo tomó como aprendiz no por generosidad, sino por la misma razón que un buhonero guarda una moneda rara: podía valer algo.
El aprendizaje fue una danza de desprecio mutuo. Boritz le enseñaba tristes hechizos y trucos de salón. Noxor los aprendía con desdén, ejecutándolos con la mínima energía necesaria, como quien cumple un trámite burocrático. Lo que realmente le interesaba era el sótano. Allí, entre barriles de cerveza agria y pergaminos apolillados, el Endeble instaló su verdadero laboratorio.
Fue en ese sótano donde ese “humo apagado” que pudo atisbar se convirtió en algo más que una observación. Noxor descubrió que podía invocarlo, destilarlo, condensarlo. No era magia de fuego ni de hielo; era la magia del umbral, el arte de frotar la realidad contra su propio borde hasta que sangraba algo negro y pegajoso. Pasó meses capturando esa esencia en frascos de cristal ahumado, cada uno etiquetado con el nombre del donante; "mendigo n.º 3", "perro apaleado", "verdugo jubilado (suicidio)"... Experimentaba con ratas, luego con gatos, luego con cosas que ya no tenían nombre. El humo apagado, pues así lo llamaba él, era su bisturí, su hilo, su voz. Podía insuflarlo en un cadáver diminuto y ver cómo los huesos se unían sin necesidad de tendones, unidos por una negación visible. Las criaturas resultantes no estaban vivas. No estaban muertas.
El final con Boritz fue inevitable, pero no épico. Lo épico requiere testigos, y en el sótano de Northburg los únicos testigos eran las ratas muertas y los frascos de humo. El hechicero, en uno de sus arrebatos de autoridad alimentados por hidromiel barata, bajó a exigir explicaciones sobre el olor.
Encontró una galería de horrores diminutos. Esqueletos de animales caminando en círculos obsesivos. Un frasco donde flotaba algo que había sido un ojo y ahora era un observador perpetuo. Y en el centro, Noxor, más pálido que nunca, con el humo apagado arremolinándose alrededor de sus dedos como si fuese un guante.
—Esto es... —Boritz buscó la palabra, pero en Northburg no había palabras para ciertas cosas—. Esto es una locura.
Noxor parpadeó lentamente, como un lagarto desnutrido.
—¿Locura? —repitió, saboreando el término—. Oscuridad sombría. Como la vida. Como Northburg. Como todo.
—¡Es una abominación! ¡Has ido demasiado lejos, Endeble!
Ese desprecio hacia su obra fue su último error. Noxor había soportado palizas y hambre. Pero no soportaba que se desmereciese lo unico importante que había conseguido en su vida. Sopló. No con fuerza, sus pulmones no daban para más, pero sí con precisión. Un hilillo de humo apagado salió de sus labios agrietados y se deslizó hacia Boritz como una serpiente perezosa.
El hechicero intentó conjurar un escudo mágico. Demasiado lento. Demasiado gordo. Demasiado mediocre. El humo le rozó la cara y se introdujo por sus fosas nasales con la delicadeza de un amante cruel. Boritz no murió. En Northburg, morir era a menudo la opción más amable. Quedó allí, de rodillas, con los ojos abiertos como platos sucios, con la boca abierta de manera exagerada. El humo apagado no mataba el cuerpo; mostraba al alma su propia podredumbre con tal claridad que la psique decidía retirarse anticipadamente. Un abandono de la conciencia. Una negación de la voluntad.
Noxor recogió sus frascos, su bastón, un palo de escoba robado, más alto que él, y algo de la ropa de su antiguo maestro. La ropa le venia grande y la arrastraba por el suelo embarrado, como un sudario nupcial para una novia invisible. Antes de irse, se acuclilló junto a Boritz y le susurró al oído esbozando una sonrisa, mientras este babeaba:
—Ahora parece que tú eres el endeble.
Salió a las calles de Northburg, donde la niebla perpetua lo recibió como a un viejo conocido. La ciudad estaba podrida hasta la médula, y en un mundo así, un necromante enclenque con pulmones de cristal y una colección de “humo apagado” robado a los muertos no era una anomalía. Era una evolución lógica.
A su espalda, el “humo apagado” se arremolinaba formando figuras hambrientas. En sus bolsillos, sus manos, que parecían las patas de una rata, rascaban suavemente la tela, impaciente. Delante, las callejuelas de Northburg se abrían como intestinos de piedra, prometiendo más cadáveres, más “humo apagado”.
Noxor tosió. El sonido rebotó en las paredes cubiertas de suciedad y nieve como el eco de una campana diminuta. Se ajustó la ropa, demasiado grande, y se acarició sus manos de dedos azulados, y se adentró en la niebla que era su elemento natural. No era un héroe. No era un villano. Era simplemente un producto inevitable de un mundo que fabricaba pesadillas con la misma indiferencia que una fundición puede crear hierro para espadas que jamás verían paz. Ahora debía buscar un aprendiz. Y personas. Vivas. Para que le ayudasen a conseguir su objetivo. Un objetivo con un brillo apagado.















