Relato por parte del Camarada Mò, explicando su partida contra Rekens (Jomer), y Klaim (Malvek) en el escenario Eclipse Total del suplemento El Deshielo del Lord Liche.
Eclipse Mortal
(O cómo Noxor, el endeble, aprendió que la paciencia es una virtud, especialmente cuando estás esperando a que todos los demás se mueran, pues todo lo bueno se hace esperar)
La penumbra era tan densa que parecía que el sol hubiera muerto de disentería. Un eclipse. Justo lo que le faltaba a Felstad para ser aún más acogedora: un día que se convertía en un crepúsculo perpetuo, como si el mundo entero se hubiera sumergido en las aguas estancadas de una ciénaga. La niebla, eterna compañera de estas ruinas malditas, se espesaba hasta adquirir la consistencia de un cadáver licuado. Apenas podía ver más allá de mis propias manos, esas extremidades pálidas y huesudas que me habían valido, entre otras cosas, el apodo de Noxor, el Endeble. Un nombre que, he de confesar, me produce una mezcla de orgullo y ganas de arrancarme las orejas.
—Mi señor —balbuceó mi aprendiz, el inefable Necrosador Ovrozis, cuyo talento para la nigromancia solo era superado por su habilidad para tropezar con sus propios pies—, ¿ha notado un extraño cosquilleo en los dedos?
Levanté una ceja, gesto que en mi rostro cadavérico parecía más bien el espasmo de un ser agonizante.
—Ovrozis, la última vez que notaste un cosquilleo resultó ser sarna. Pero sí, lo noto. Es como si mis falanges estuvieran sumergidas en vino espumoso.
El cosquilleo era real. Una vibración arcana que recorría mis terminaciones nerviosas como ratas hambrientas por un osario. Algo se estaba cociendo bajo nuestros pies. Algo antiguo. Algo que llevaba siglos esperando este preciso momento de conjunción celestial para despertar de su siesta forzosa. El Lord Liche. Pensar en ello hizo que acudiese a mi un sabor a polvo, y desesperación, en la lengua. Todos los magos de Felstad conocíamos la leyenda: el tirano muerto que aguardaba bajo la ciudad, atrapado en su sarcófago de hielo, esperando que los astros se alinearan para concederle la libertad. Una historia encantadora, ideal para contar a los niños antes de dormir, justo después de la del hombre que destripaba animales por placer.
Pero no estaba allí para preocuparme por eso ni por eclipses. Estaba allí por el rastro. El mismo rastro mágico que nos había llevado a este lugar de pesadilla a mí y a mis dos antiguos compañeros bajo la tutela del difunto (o no tan difunto, quién sabe) Garbeowyn. Dos magos a los que conocía demasiado bien y a los que, por supuesto, despreciaba con cada fibra de mi putrefacto ser. Aunque he de admitir, solo ante el espejo empañado de mi cripta, que su compañía me resulta extrañamente reconfortante. Como una vieja herida que supura pero a la que uno se ha acostumbrado.
El primero era Jomer el Amarillo, el Mago Ictérico, cuya piel seguía luciendo ese tono mostaza rancio que tanto me hacía sonreir. Un brujo de manual, especializado en maldecir todo lo que se moviera y en lanzar hechizos que olían a azufre y hemorroides supurantes. El segundo, un poco más allá, era Malvek Huesofirme. Un elementalista con tendencia a la grandilocuencia. Siempre había sido el favorito de Garbeowyn.
—Maldito eclipse —murmuré, entrecerrando los ojos para intentar distinguir algo en la penumbra—. Esto es como luchar dentro de un estómago revuelto.
La batalla comenzó con la sutileza de un parto de trillizos ogros. Mientras yo, fiel a mi estilo prudente y refinado, me mantenía en una posición alejada para observar el desarrollo de los acontecimientos como quien disfruta de una obra teatral particularmente sangrienta, mis dos estimados colegas se lanzaron a la refriega con el entusiasmo de perros rabiosos.
Malvek fue el primero en morder el anzuelo. O mejor dicho, el anzuelo le mordió a él. Allá a lo lejos, donde la niebla se tornaba más espesa y traicionera, encontró lo que parecían ser dos valiosos objetos arcanos. Pero resultó que no estaban sin vigilancia. Oh, no. De entre las ruinas surgió una criatura que me heló la médula espinal, y eso que tengo la médula bastante curtida. El Rey Necrófago.
Era una bestia repugnante, un engendro de la podredumbre con una corona de huesos astillados y una mandíbula que podría triturar el cráneo de un buey. Además de colgarle algo muy desagradable en sus partes bajas. Y no venía solo. Cuatro necrófagos, sus leales lacayos, se arrastraban tras él con sus cuerpos flácidos y sus garras goteando algo oscuro, que debía ser sangre. La lucha fue tan encarnizada que incluso desde mi cómoda posición pude escuchar los alaridos.
—¡Por las pústulas de todos los demonios! —rugió Malvek, mientras su bárbaro más fornido, un hombretón con más músculos que cerebro, era literalmente partido en dos por un golpe del Rey Necrófago. El crujido de la columna vertebral al quebrarse sonó como un tronco al arder, solo que más húmedo y mucho más divertido. La sangre, oscura y espesa como melaza, brotó a borbotones, empapando el adoquinado milenario.
Malvek, he de reconocerlo, supo reaccionar. Empezó a lanzar hechizos de potenciación sobre sus hombres supervivientes. Sus armas comenzaron a brillar con un fulgor verde y enfermizo, sus movimientos se volvieron más rápidos, sus golpes más certeros. Uno a uno, los necrófagos fueron cayendo, sus cuerpos reducidos a pulpa hedionda. Pero el Rey Necrófago era otra cosa. Resistía los embates con una furia salvaje, como una rata acorralada pero del tamaño de un caballo pequeño. Malvek tardó tanto en acabar con él que, para cuando el último aliento abandonó el cuerpo del monstruo, el pobre ya había perdido un tiempo precioso. Apenas pudo hacerse con los dos objetos arcanos que había encontrado anteriormente antes de desplomarse sobre el suelo, agotado y maldiciendo entre dientes.
—Bravo, Malvek —musité para mis adentros, aplaudiendo con sorna—. Has matado a un rey de las alimañas. Tu madre estaría tan orgullosa.
Mientras tanto, Jomer el Amarillo había decidido innovar. En lugar de avanzar con la pesadez de siempre, sus hombres comenzaron a saltar como liebres epilépticas. Maldije en silencio al verlos. Maldito Jomer y sus malditos hechizos de saltos prodigiosos. Sus ladrones y soldados brincaban sobre montones de escombros, se impulsaban sobre muros derruidos y caían como garras sobre dos objetos arcanos que yo mismo había codiciado. La bilis se me subió a la garganta, y no era una metáfora.
Pero entonces, como si el universo hubiera decidido regalarme un momento de pura satisfacción, el suelo comenzó a temblar. De la nada, en medio de la niebla, se materializaron dos figuras imponentes. Dos Caballeros Espectrales.
Eran magníficos en su horror. Armaduras negras como el pecado original, espadas espectrales que brillaban con una luz azulada y sobrenatural, y un aura de frialdad absoluta que helaba hasta el pensamiento. Las creaciones más poderosas del Lord Liche. Los caballeros se lanzaron sobre los hombres de Jomer como lobos sobre un rebaño de corderos tullidos.
—¡Retroceded, imbéciles! ¡Retroceded! —gritaba el Mago Ictérico, su voz palidecía como su tez, mientras sus saltarines esbirros eran segados uno tras otro. Las espadas espectrales atravesaban carne y hueso con la misma facilidad que un cuchillo caliente atraviesa la mantequilla. Un ladrón perdió un brazo, luego la cabeza. Un soldado fue empalado de tal forma que la espada espectral salió por su espalda en una fuente de sangre que salpicó la cara de Jomer, dándole un tono aún más enfermizo si cabía. Los aullidos de agonía eran música para mis oídos.
Yo, mientras tanto, disfrutaba del espectáculo. Había colocado a mi arquero, un tipo con un solo ojo pero una puntería endiablada, en una posición ventajosa.
—¿Ves a Jomer, el de la piel de pus? —le pregunté, señalando a mi antiguo compañero.
—Sí, mi señor.
—Pues dispara. No hace falta que lo mates. Con que lo incomodes y le estropees el peinado, me doy por satisfecho.
La flecha comenzó a silbar. Y rozó el costado de Jomer, arrancándole un aullido de indignación, y de evidente dolor. La situación era tan cómica que casi me olvido del cosquilleo en los dedos, que para entonces ya era un hormigueo frenético.
Pero Felstad siempre se guarda una sorpresa. Siempre. Justo cuando pensaba que mi victoria sería limpia y relativamente plácida, un Espectro se materializó en mi retaguardia. Surgió de una pared derruida como un mal pensamiento, una figura de niebla y odio concentrado que lanzaba un aullido que helaba la sangre en las venas.
—¡Mi señor! —gimió Ovrozis, su rostro aún más pálido de lo habitual—.
—Ya lo veo, abobado. Ya lo veo.
El Espectro se abalanzó sobre nosotros con sus garras espectrales. Por un momento, un momento brevísimo, sentí lo que debió ser miedo. Pero entonces, ocurrió.
La luna terminó de cubrir el sol por completo.
El eclipse total.
El mundo entero se sumió en una oscuridad absoluta, como si alguien hubiera apagado la última vela del universo. Y entonces, un estruendo. Un rugido que no venía de garganta alguna, sino de las profundidades mismas de la tierra. El suelo comenzó a estremecerse con violencia, las ruinas temblaron, las grietas en el adoquinado se ensancharon. Y una oleada de poder mágico, una onda expansiva de energía pura y ancestral, golpeó a todos los magos del campo de batalla.
Fue como si un rayo me hubiera atravesado de pies a cabeza, pero sin el dolor. Solo poder. Poder bruto, indómito, primigenio. El cosquilleo en mis dedos se transformó en un torrente de energía que pugnaba por salir. Mis ojos, acostumbrados a la penumbra, brillaron con una luz verde y antinatural. La liberación del Lord Liche, ese tirano bajo el hielo, me había bañado con su poder residual. Maldición, era glorioso.
—¡Ovrozis! —Grité, mi voz distorsionada por la energía que me recorría—. ¡Ahora!
No sé si fue mi orden, el miedo o el poder que también le había alcanzado a él, pero por primera vez en su inútil existencia, mi aprendiz reaccionó. Juntos, canalizamos toda esa furia mágica y la proyectamos hacia el Espectro. Una Bola Elemental de magia pura, una esfera de energía destructiva que iluminó la oscuridad como un sol artificial pero mucho más malvado. La esfera impactó contra el Espectro y lo desintegró en una lluvia de chispas etéreas. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Solo quedó un zumbido residual y un olor a ozono mezclado con la fetidez habitual de Felstad.
—Lo conseguí... —tartamudeó Ovrozis, sus ojos como platos.
—No te acostumbres —le espeté, aunque por dentro sentí una pizca de orgullo. Una pizca minúscula, como un grano de arena en un desierto.
Jomer, mientras tanto, había aprovechado la confusión y mi momentáneo problema espectral para huir con sus dos objetos arcanos y los pocos hombres que le quedaban. Le vi alejarse en la oscuridad, su silueta amarillenta recortada contra las ruinas, cojeando ligeramente. Estaba malherido, humillado, derrotado. Casi sentí lástima por él. Casi.
—¡Huye, Ictérico! —le grité, con una sonrisa que me partía el rostro—. ¡Corre a ponerte compresas de hielo en el orgullo!
Me giré hacia los restos del campo de batalla. Malvek, exhausto tras su encuentro con el Rey Necrófago, apenas había podido hacer acto de presencia. Mis hombres, sin nadie que les disputara el botín, se apresuraron a recoger lo que quedaba. Tres objetos arcanos. Tres. Y un buen montón de monedas de oro que tintineaban con ese sonido tan delicioso que tanto me gusta. Acaricié uno de los objetos, un cofre de plata ennegrecida que desprendía un aura de poder antiquísimo. Lo abrí.
Dentro, entre polvo y telarañas, reposaba un grimorio.
Mis dedos temblaron al rozar sus páginas. No por el frío, no. Por lo que contenían. Era un hechizo. Un conjuro de una potencia inimaginable, de una maldad tan pura que casi podía sentir cómo me llamaba desde las páginas amarillentas. Un hechizo que, si lograba dominarlo, me permitiría transformarme en un Liche. Un Liche. La inmortalidad, el poder absoluto, la trascendencia más allá de la carne miserable y endeble que me aprisionaba.
—Mi señor —interrumpió Ovrozis, su voz aguada como un caldo hecho con desgana—, ¿es eso lo que creo que es?
—Cállate, Necrosador. Cállate y aprende.
El suelo volvió a temblar. Allá en las profundidades, el Lord Liche parecía que terminaba de liberarse de su prisión helada. Un futuro atroz se cernía sobre Felstad. Un futuro de terror, de muerte, de tinieblas eternas. Pero por primera vez en mucho tiempo, sentí algo parecido a la felicidad. Había derrotado a mis antiguos compañeros. Había obtenido un grimorio que me abriría las puertas de la auténtica inmortalidad.
Mientras mis hombres cargaban el botín y emprendíamos el regreso a mi cripta, a mi hogar de tejido muerto y silencio sepulcral, no pude evitar sonreír. Jomer, el idiota amarillo, estaría lamiéndose las heridas en su guarida. Malvek, estaría repasando mentalmente la batalla para ver en qué falló. Y yo, Noxor, el Endeble, el supuesto débil, el descolorido, el subestimado, había ganado.
Los insulto continuamente, sí. Les deseo las peores plagas, las más dolorosas maldiciones, las muertes más lentas y humillantes. Pero en el fondo, muy en el fondo, en un rincón oscuro y polvoriento de mi alma ya muerta, aprecio a esos dos inútiles. Su rivalidad me mantiene alerta. Su fracaso me sabe a triunfo. Y nuestra competitividad, esa vieja rencilla nacida en las enseñanzas de Garbeowyn, es lo único que le da sabor a esta eterna y gélida pesadilla que llamamos Felstad.
—Mi señor —volvió a la carga Ovrozis mientras tropezaba con una calavera—, ¿cree que algún día yo podría leer ese poderoso grimorio?
—No.
—Pero aún no he terminado mi aprendizaje.
—He dicho que no.
La niebla se cerró tras nosotros. El eclipse terminó, pero la oscuridad en mi corazón no hizo más que crecer. Y en mi mano, apretado contra mi pecho, el grimorio palpitaba como un corazón recién arrancado, susurrándome promesas de inmortalidad.
Pronto. Muy pronto.





















