lunes, 25 de mayo de 2026

[Eddie Cabot] Frostgrave - Las Tribulaciones de Edora La Intrépida - Parte 02

"Felstad sin duda era una ciudad muerta, al menos en lo que a sus antiguos moradores respectaba. Si rebosaba de algo era de no-vida, pero el exterior, eso era otra historia. Las inmediaciones de las murallas estaban salpicadas de pequeños campamentos habitados por humanos.

Algunos campamentos pertenecían a aventureros con intención de entrar en la ciudad, esperando el momento idoneo. En otros casos, pertenecían a aventureros que regresaban con algo de botín y pasaban unos días gastándolo y reponiendo fuerzas. Otros eran campamentos permanentes de aventureros que habían encontrado allí una forma de ganarse la vida.

Comida, armas, armaduras, objetos mágicos y espadas de alquiler. Podía encontrarse de todo en el mercado negro.
...

Edora y Vastraea habían salido apresuradamente del templo de Ykaros con la milicia local pisándoles los talones. Habían cargado con poco, muy poco. Y solo habían reclutado a dos voluntarios para la expedición, Salaman el viejo boticario del templo. Y al Capitán Nigel, un enfermo crónico que llevaba más tiempo en la enfermería del templo de lo que nadie lograba recordar, para lo que seria probablemente su última aventura.

Tras preguntar un poco, llegaron al campamento del viejo Centurius. Saltaba a la vista que llevaba mucho tiempo levantado, varias tiendas, vayas de madera y estacas para proteger el perímetro. Bajo su mando, una veintena de hombres entre mercenarios, ladrones y bárbaros lo protegían. El día era cálido y la tropa se mantenía ocupada haciendo todo tipo de tareas.

No tenían mucho dinero, pero con algo de suerte y un buen discurso podrían reclutar a algunos de los hombres de Centurius. Solo necesitaban que el viejo estuviera de buen humor."




Bienvenidos niños y niñas a la tienda de Centurius. ¿Quieres armas? Las tenemos. ¿El Grimorio de Gregorio? Lo tenemos. ¿Comida? Sí. ¿Bishes? También. ¿Cadáveres para reanimar? Vuelve mañana y veré que puedo hacer. Confía en Centurius, sé donde encontrar la mejor mandanga, Felstad para mi es como mi segundo hogar. Me lo conozco como la palma de mi mano, por eso mis precios son tan locos, solo ofrezco calidad.


Hoy tenemos una oferta especial. Contrata a un par de arqueros y a nuestro hombre de armas, y de regalo te llevad dos bárbaros y dos ladrones. ¿Qué si son de fiar? Ni un poco, así que vigila el botín, especialmente si llegan ellos primero, son muy rápidos eso hijos de...

FRUTA, TAMBIÉN NECESITAREMOS FRUTA

Informe de batalla mañanero/dominguero. Hemos quedado para desayunar tostadas y celebrar la onomástica del Sr. Azul, que por algún motivo que desconozco siempre sale igual en las fotos, mientras que yo cada vez salgo más viejo, ya parezco su abuelo. Bueno, anoche me quedé hasta las 2:15 pintando moñecos para poder estrenar algo en la partida.

¡Pintado de emergencia!

Les falta algún retoque, pero ya dan el pego. Su principal defecto, y es algo que ya me han mencionado los otros viejunos es que el tono no tiene nada que ver con las miniaturas previas. Veamos, el pintado de unas y otras está separado por más de 10 años en el tiempo. No es que pinte mejor, pero sí lo hago con otras técnicas y productos. Casi todo el pintado es a base de contrasts y tintas sobre imprimación blanca.


Al final he decidido tirar de minis que ya tenía pintadas. En parte por la agenda, en parte porque me parecía un buen recurso narrativo y en parte porque en su día estas no las jugué lo bastante y se merecen pisar mesa. Para empezar dos arqueros, un hombre de armas y el apotecario. 75 puntos cada uno, por cuatro, 300, más 100 del aprendiz, ahí van mis 400 monedas de hora para organizar la banda.


Para rellenar, dos Matones y dos Ladrones, que salen gratis. Con esto tengo las 10 miniaturas. Me quedan para pintar otras cinco más o menos, con conceptos que quiero repetir o no tengo. Como el Cazador de Tesoros, los Infantes (no, no tengo) y Ranger y el Tirador, que tampoco tengo.


Antes de la partida he tirado el conjuro de animar constructo con la Hechicera y la Aprendiza. He conseguido superar uno, y por supuesto no venía a la partida con un autómata, así que he cogido una mini de las que pinté para el escenario de las estatuas vivientes y lo he llamado Gnomo de Jardín de Batalla.

EL TERRENO DE JUEGO

La mesa la ha montado el Sr. Marrón, nota mental, conseguir escenografía medieval fantástica con alturas. Nos toca usar la de 40K si queremos subir algo a un terrado a disparar flechas.


Hemos jugado el escenario en que hay una tormenta de nieve y hielo y caen zurullolitos congelados del cielo. Al final de cada turno, eliges una miniatura del contrario que no sea el mago/aprendiz y le haces una acción de disparo con +2 al impactar. Por lo demás, es un escenario clásico, con 5 tesoros y posibilidad de que entren monstruos en mesa.


Otra nota mental, para la próxima partida que una mano inocente coloque los tesoros por la mesa. Nos ha pasado lo de siempre, el del centro va ahí de forma obligatoria. Pero los otros dos, la ubicación la elige cada jugador. Así que se han quedado demasiado cerca del borde propio de la mesa.


Hacer eso tiene el problema de que la acción se acaba rápido, sacas dos miniaturas de la mesa en el tercer turno y luego tienes que decidir si vas a por el del centro, o te retiras con lo que has conseguido para no arriesgar las vidas de los carísimos soldados.


Otra osa que hemos comentado, es la de obviar la tirada para ver si sale monstruo. Y hacer que entre uno en mesa con cada tesoro recogido. Lo hace mucho más divertido y es otra manera más de ganar XP más allá de los tesoros.

REPETICIÓN DE LAS MEJORES JUGADAS

El infante del Sr. Rubio ha tratado de pillar por la espalda a mi hombre de armas. Mala idea, una mini de Mordheim siempre gana a una de 40K.


He sacado nun 20 en la tirada enfrentada y el Inquisidor se ha llevado un codazo en toda la boca. Pasarán semanas recogiendo dientes sobre el frío hielo. En otro lado de la mesa, mi gnomo de jardín se ha acercado cubriéndose con el conjuro de niebla, para atravesarlo en tromba y atacar aun arquero.


Otro 20 para la saca, pero 20 es también lo que ha sacado el arquero. Por lo que doble KO y los dos para el hospital. Bueno, el gnomo no, ese va a la basura y me tocará animar otro en la siguiente partida. Para entones y cortesía del Sr. Rubio, ya llevaré alguno pintado.


En esta melé casi pierdo a la aprendiza. Aun con un +3 para impactar ha fallado la tirada y el sopapo de respuesta que le ha dado el ladrón casi la manda al hospital. El apotecario ha salvado el día, pero de todas formas he concedido la partida poco después. No hemos llegado a resolverlo.

EL POST-PARTIDEN

He conseguido sacar de la mesa los dos tesoros que he dejado cerca de mi borde. No me a supuesto ninguna dificultad, porque estaban muy lejos de mi adversario. De ahí lo que he comentado antes, de que no deberían estar tan cerca.


Uno de ellos contenía un pergamino y el otro una daga mágica. A parte de eso me he llevado experiencia como para subir un nivel, me he quedado solo a 5XP de subir dos, pero cuando no se puede, no se puede. La subida de nivel me la he gastado en bajar la dificultad del conjuro de Granada, que es el único que tengo ofensivo.


El cash de momento me lo voy a ahorrar, lo necesito para comprar el taller. Que añadiré a la guarida que he montado en una cámara de tesoros. En la primera campaña perseguí la paz, en la segunda el poder y en esta marcharé a la batalla en busca del bling bling.


El Sr. Rubio ha salido mejor parado que yo en el aspecto de la XP y lo económico, porque se ha llevado tres tesoros. Pero ha tenido bajas entre los soldados que costaban cash. Yo solo he perdido un matón y un constructo. Él ha palmado un tío con cuernos.

VAMOS CERRANDO, QUE ES TARDE

La banda al final se queda con Hechicera con espada y daga, Aprendiza con bastón, 1 Hombre de Armas, 1 Apotecario, 2 Arqueros y tíos de coste 0 para rellenar, que pueden ser reemplazados por uno o varios constructos si saco la tirada. Las nuevas adquisiciones irán llegando conforme las pinte.

La lista de conjuros: Animar constructo, Granada, Encantar arma, Escudo elemental, Empujar, Niebla, Desterrar y Salto. Todos con dificultad baja, todos útiles.

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Para esta semana tengo trabajo, darle retoques a las miniaturas y construir un mausoleo para la siguiente partida. 

Seguiremos informando

sábado, 23 de mayo de 2026

Historias de Felstad (Informe): Batalla en la Puerta de la Serpiente.

Comenzamos las primeras rondas de combates, las distintas expediciones de magos tenían que decidir a través de qué puerta entrar en La Ciudad Helada. Habían dos opciones (cada una determinaba el escenario que jugarían), la primera opción era la Puerta del Grifo (Tormenta de Hielo) y la segunda era la Puerta de la Serpiente (Brumas Inquietas).


Tras dichas elecciones, vinieron las sorpresas: El primer enfrentamiento le tocaba a Noxor (necromante) contra el elementalista llamado Malvek. Lo que sigue son algunas fotos, y el relato de cómo transcurrió la partida.

Encuentro en la Puerta de la Serpiente.

(O cómo Noxor, el endeble, aprendió que la niebla no disimula el olor a tripas).

por Camarada Mò


La niebla de la Puerta de la Serpiente era tan espesa que Noxor juraba haber visto pasar un fantasma cargado con una ristra de cabezas cortadas. O quizá era solo uno de sus hombres meándose en los matorrales. Con la visibilidad reducida a apenas tres malditos pasos, cualquiera podía ser un espectro o un campesino con mala postura.

—¿Los ves? —preguntó Gromm, el matón, con una voz que parecía grava siendo molida por un molino.

—No veo ni mis propias manos —respondió Noxor, que temblaba de frío como una hoja—. Pero huelo al malnacido de Malvek. Huele a sobaco de chivo quemado y a prepotencia barata.


Al otro lado del claro, entre columnas derruidas que parecían dientes rotos de un gigante muerto, Malvek Huesofirme había infundido a sus hombres con esa mierda de magia potenciadora que tanto le gustaba. Los muy cabrones brillaban tenuemente, sólo él podía verlo. Eran sus putas mal pintadas, de bajo presupuesto, de burdel barato. Sus movimientos eran más rápidos, sus miradas más chulescas. Era como si Malvek los hubiese estimulado con una versión arcana de unas setas alucinógenas, y ahora aquellos desgraciados miraban a los hombres de Noxor como si fueran monedas de cobre en un suelo mugriento.


Noxor suspiró. La suya era una banda de inútiles gloriosos. Los quería, de alguna manera tan enferma como querer a un perro que se mea en tus pies, pero que aún así te lame la mano.


—¡No avancéis tanto, desgraciados! —chilló.


Demasiado tarde.


Un hombre de armas llamado Urdek —que llevaba tres días quejándose de una rozadura en el culo, y al que Noxor le tenía un especial afecto por su capacidad para no morirse en las peores situaciones— recibió un golpe de una gran roca directamente en el muslo.


—¡Mi pierna! —aulló Urdek, y el sonido era tan desgarrador como auténtico, porque trozos de la roca le habían salido al otro lado mostrando puntas de hueso roto y carne deshilachada como una ropa vieja y barata a la que le hubieran dado un tirón. Tal era la fuerza del lanzador.

—¡Cállate y sangra más discretamente! —le espetó Noxor, mientras lanzaba un hechizo hacia el posible atacante, pero este no tuvo éxito.


Un infante, joven y con más miedo que vergüenza, recibió el golpe de otra roca que lanzaron. Las costillas crujieron como ramas secas bajo una bota. El chico expulsó un chorro de sangre por la boca y cayó de rodillas.


—¡Mamá! —graznó, porque todos en el fondo somos niños cuando nos parten el esternón.

—¡Tu madre no está aquí, espabilado! —le gritó Noxor—. ¡Estás en la Puerta de la Serpiente, no en la feria del pueblo!


El chico se rió con una risa húmeda y sanguinolenta. Eso ya era un buen síntoma.

Fue entonces cuando la niebla se abrió como una puta abre sus piernas en una noche de paga, y apareció la primera criatura.


Un gorila. Pero no un gorila normal, de esos que comen frutas alargadas y amarillentas. No. Esto era un hijo de puta de tres metros, con hombros como jamones de un jabalí adulto y unos ojos tan inyectados en sangre que parecían dos heridas desgarradas. Y de un color entre gris y blanco, que le permitía esconderse en aquel lugar maldito repleto de nieve y niebla, además de un largo y basto pelo que le cubría todo el cuerpo. Detrás, dos más. Avanzaban a cuatro patas, pero con la elegancia de un gran carromato desbocado cuesta abajo.


—¡Ahora sí que estamos jodidos! —expuso Gromm, otro matón, que desenfundó una daga más grande que su cara.


El primer gorila se lanzó sobre ellos. Noxor, con una rapidez que ni él mismo sabía que tenía, consiguió escabullirse. La bestia, no obstante, tropezó, sus músculos se volvieron gelatina temblorosa, y Gromm se le echó encima como un amante despechado. Le hundió la daga en el cuello una, dos, siete veces. La sangre brotó caliente y espesa, salpicando a Gromm entero. Quedó rojo como un pimiento, sonriendo.


—¡Toma, toma, toma! —canturreaba Gromm mientras acuchillaba el cadáver, pero el gorila, en su agonía, le había devuelto un manotazo que le reventó el brazo. El hueso asomaba blanco, luego rojo, luego todo era una masa informe. Gromm miró su extremidad colgante como quien mira una deuda que no va a poder pagar.

—Me he jodido el brazo —dijo, casi con ternura.

—¡Te has jodido el brazo, sí! —respondió Noxor—. ¡Ahora aguanta la puta daga con la otra mano y sigue luchando, maldito perro!


El segundo gorila embistió al ladrón de la banda, un tipo flaco llamado Larten que no tenía pelos en la lengua, pero sí en las palmas de las manos. La bestia lo golpeó y Larten voló varios metros hasta estrellarse contra una columna. Cayó como un saco de patatas, inconsciente, con la cabeza gacha en un ángulo que sugería que el cuello no estaba para muchas alegrías.


—¡Larten! —gritó Noxor—. ¡Si estás muerto, que se lo pague tu familia al enterrador que deba tratarte!


El infante herido, el chico aquel que se había acordado de su madre, levantó su espada con sus últimas fuerzas. El gorila se volvió hacia él, abriendo la boca llena de dientes amarillos y ennegrecidos. El chico le clavó la espada en el pecho. La bestia rugió, cayó, y arrastró al infante consigo. Ambos rodaron por el suelo. El chico perdió el conocimiento. El gorila expiró con un sonido sordo y grave. La muerte siempre tenía sentido del humor.


—¡No está mal, chaval! —le dedicó Noxor, aunque el chaval no podía oírle—. ¡Si no te mueres te subiré la paga!


El tercer gorila, viendo que dos de los suyos habían caído, hizo lo más inteligente: cargar contra las filas de Malvek. Allí, un bárbaro tatuado con una melena roja como la sangre de una diosa guerrera, lanzó su hacha de dos manos con un rugido que le desgarró la garganta. El hacha giró en el aire como una noria de muerte, y se hundió en el cráneo del extraño simio hasta la empuñadura. El gorila cayó de rodillas, luego de bruces. El bárbaro recuperó su hacha con una mueca de aburrimiento, como quien saca un anzuelo de un pez pequeño.

—Bonito lanzamiento —murmuró Noxor, que sentía una envidia negra y corrosiva en el pecho.


El campo de batalla quedó en un silencio roto. El único sonido era el de Urdek gimiendo por su pierna destrozada, el del infante roncando en su inconsciencia, el de Larten tosiendo sangre con cada respiración, y el de Gromm maldiciendo a la madre de todos por su brazo roto.

Cuatro heridos. Cuatro inútiles que seguían vivos, lo cual era un milagro dadas las circunstancias.


Entonces la niebla se disipó del todo, revelando algunos objetos interesantes, quizás vigilados y guardados por las extrañas criaturas. Monedas. Pergaminos. Algo más.

—Eso es mío —dijo Malvek con la calma de quien tiene un bárbaro con un hacha y un bastón que aún no ha estrenado.

—Eso era mío —respondió Noxor con la indignación de quien tiene cuatro inválidos sangrantes y una dignidad menguante.

Se miraron. Se olieron. Se despreciaron con esa intensidad de dos débiles magos que se saben igual de patéticos, pero que nunca lo admitirían.


El bárbaro de Malvek se limpió el hacha con la piel del gorila muerto. Gromm, con su brazo colgando como un péndulo macabro, sacó la daga con la mano buena. Urdek, desde el suelo, apuntaba un arco con unas manos temblorosas que parecian las de un borracho. El infante seguía inconsciente, pero roncaba con determinación.

—Podríamos matarnos —planteó Malvek, casi como quien sugiere un postre.

—Podríamos, sí —asintió Noxor—. Pero mira a mis chicos. Están muy mal, pero todavía tienen fuerzas para clavarte algo en un sitio que te hará mear sangre dos semanas.


Malvek se rió. Era una risa seca, como si hubiese algo roto.

—Bajo la niebla, otro día —cedió el elementalista.

—Bajo la niebla —aceptó Noxor.


Registraron una pequeña cripta cercana, como dos grupos de ratas en un queso compartido. Los hombres de Noxor encontraron cientos de monedas de plata —algo mugrientas, pero monedas al fin y al cabo— y un grimorio con páginas que parecían piel de muerto y que susurraban obscenidades en un idioma ya desaparecido. Noxor lo besó con la devoción de un borracho hacía una botella.


Malvek, el muy cabrón, encontró un bastón de ébano con runas que latían como corazones, otro grimorio más gordo y más obsceno, y un cofre de monedas de oro que tintineaban como la risa de una cortesana cara. Lo guardó todo con la parsimonia de quien sabe que ha salido ganando.

Ambos bandos se replegaron. La niebla volvió a cerrarse, espesa y cómplice.

Noxor, maldiciendo, vio como uno de sus hombres cargaba a Urdek sobre un hombro, mientras Gromm arrastraba al infante y Larte cojeaba detrás maldiciendo estrellas que no existían. Se giró una última vez. Malvek ya había desaparecido, engullido por la bruma como un mal recuerdo.

—La próxima vez —murmuró Noxor, mientras la sangre de sus hombres goteaba y las monedas tintineaban en su bolsa—, traeré más hombres. No, hombres mejores. Y menos niebla. Y una puta ballesta más grande.

—¿Has dicho algo, jefe? —preguntó Gromm, casi desmayado por el dolor.

—He dicho que te calles y andes, que esa herida apesta y no quiero quedarme aquí por tu culpa.

La Puerta de la Serpiente quedo lejos, a sus espaldas, como un recuerdo ya lejano. Y en el silencio, Noxor, el endeble, sonrió.


No había ganado. No había perdido. Pero seguía vivo, de momento, y esa era una buena victoria.

viernes, 22 de mayo de 2026

LVG Podcast: Ep. 17 Temp. 5: De Juegos Solitarios (II)

 


Volvemos a la carga tras otros 15 días, con los cuasi habituales: Sr. Rubio, Eddie, Sr. Azul y el Sr. Marrón, aunque cada uno en presencial o lata. ¿Un poco raro?, no, para nada, es que hemos probado un nuevo formato.

Y es que no podemos estar quietos, y puesto que la temática del programa invitaba a ello, hemos grabado de manera individual nuestras secciones, y luego las hemos expuesto y hecho una tertulia.

LVG 5 17

Así que acompañadnos en esta secuela de juegos solitarios o cooperativos:

00:08 El Sr. Azul, se enfundará en su armadura medieval y recorrerá Five Leagues from Borderlands hablándonos de sus bondades.

00:32 Mientras el Eddie se irá al espacio desconocido para hablarnos del Space Weirdos, y sus expansiones para poderlo jugar en modo de campaña y en solitario.

00:57 Volveremos al medievo, pero un tanto más oscuro donde el Sr. Rubio se enfrentará a entidades oscuras en Night Watch.

01:36 Cerraremos con el Sr. Marrón, viajando a un Japón Medieval alternativo donde los demonios (y otras criaturas) campan a sus anchas en Hametsu.

02:03 Tertulia y reflexiones sobre los juegos presentados

02:48 Comentarios de nuestra sexy audiencia


Dejadnos vuestras impresiones de este nuevo formato. Y si consideráis oportuno, comentad y compartid éste y otros programas.

Un abrazo.

[Sr Rubio] Nuevas aventuras en Frostgrave… o debería llamarse REDgrave?


Buenas!

Como ya habéis leído, ha surgido una campaña de la nada para jugar en Feldstad. Y como ha dicho ya el Sr Marrón, Frostgrave, pese a sus defectos, nos sigue pareciendo un juegazo.

Así que cuando salió la oportunidad… me tiré de cabeza. Total, no es que tenga parados todos los proyectos de este año por falta de tiempo, no? ^^U (Vamos a ver… Terminar la lista de 50 pts de Khymaera, terminar la lista MoW legacy, pintar más tiburones, y una mesa para ellos, el battlemasters… y esos son solo los que tendría que tener hechos ya para la primera mitad de año).

Así que me apunté e hice lo más sensato: no usar ninguna de las otras bandas que había usado en las anteriores campañas Y QUE YA ESTABAN PINTADAS. No, abrí el armario a ver qué podía sacar… después de revisar los stls accesibles a ver si encontraba algo para usar y tener problemas con las descargas.

MORALEJA: Acumula minis, no STLs. Ellas siempre estarán ahí para ti.

Pues buscando unas minis en concreto, me encontré con los sigmarines que había pillado para hacerme una banda de warcry a base de números de coleccionable. Tenía 3 con armas de CaC, 3 con ballestas, un grifucho y dos magos… Si las matemáticas no me fallan, solo me faltaba una mini para tener una banda original y válida.

Desgraciadamente, no pasó el filtro viejuno ¬¬ Que si son muy grandes, que si no parece una banda de Frostgrave, que si… Si lo llego a saber, les planto la banda de ratones, que tengo todos los arquetipos perfectamente representados ¬¬

Tenía hasta el esquema... caballeros monásticos, de armaduras plateadas y ropajes con sus libreas...

Así que me volví a la mesa de escritura al armario, buscando las minis originales del plan A. Unos kislevitas que le había comprado al Sr Marrón hace años, como parte de un mini ejército de la Bruja de Khador que se había hecho (yo quería la bruja… el resto vino con el paquete). 10 kislevitas, con hachas y arcos, más un señor chungo del bosque con hacha a dos manos y piel de ciervo (que se suponía que era Yuri el Hacha… pero que yo no usé nunca porque ya tengo un Yuri el Hacha). Sumale dos lobos de Fenris (de los de 4ª) cogidos prestados de mi ejército preherejía de Lobos Espaciales, y tengo la base para una buena banda de Frostgrave, con temática invernal.

Solo necesitaba dos magos…

En la caja donde guardo mi ejército del Tercio de Hierro tenía todavía mi versión del Terno de Señores Grises para el Tercio: LadyViola y sus dos ayudantes. Minis de Freebooter, creo recordar (de Werner Klocke) y una vampira para la Lady de no recuerdo qué marca.

Total, todavía sin pintar (como medio ejército del Tercio xD Eso sí, sigo teniendo suficiente pintado para jugar… aunque ahora serían Steelheads 😊)

De la misma caja salieron algunas minis más que podía usar: una conversión a partir de inquisidor cazador de brujas para Khaine, nuestro inquisidor; un mago del juego de rol de Warmachine, Aenur (el elfo que regalaron en una WD), un mago con pinta de contable (de la caja de plástico que llevaba tantos magos) …

De aquí sale una banda, no? Si hay hasta dinosaurios!

Total, que acabé con casi 20 figuras para montarme la banda de 10 inicial. Y solo tenía que pintar 3 miniaturas… :D

Esas 20 figuras podían dividirse en dos grupos claramente diferenciados: los kislevitas, lobos y señor con cabeza de ciervo (una parte salvaje, rural, seguramente mercenaria) y la parte más civilizada dirigida por la maga; claramente, su séquito personal. Y si tenía séquito, debía ser una aristócrata, ¿no? La miniatura también ayuda, con esa bufanda de pelo de animal que lleva.

Y dado que la ayudante era una mini con un montón de pociones, la escuela de magia escogida tenía que ser la que me permitía crear pociones: la brujería. (Por supuesto. Son mujeres magas, está claro que son brujas!).

Así que tenía a una maga aristócrata junto con su novata ayudante, más su guardaespaldas/fiel seguidor que se encargaba de todo… Súmale eso a la clara influencia eslava de los kislevitas, y los nombres solo podían sonar a ruso.

Con todo ese cóctel en mi cabeza… sale esto: la historia de Nadiushka, la Bruja Roja.

Nadiushka, lista para buscar tesoros

“Nadiushka es la única hija del vizconde de Svyatopolk, una región aislada entre bosques y de difícil acceso. La madre de Nadiushka murió durante el parto, y la niña fue criada por toda una cohorte de niñeras, ayas y amas de llaves, con la presencia ocasional del Vizconde en sus visitas a la casa principal desde la corte, donde pasaba la mayor parte del tiempo.

Desde pequeña, la joven Nadiushka fue consentida en todo momento, creciendo como una pequeña déspota en su reino de fantasía. También fue educada como correspondía a una hija de la nobleza, destacando desde pequeña en el estudio de las ciencias naturales. Su curiosidad precoz y, por qué no decirlo, una innata crueldad le permitieron progresar rápidamente en el estudio de las ciencias de la vida.

El goteo de diferentes institutrices (que llegaban, intentaban gobernar a la ingobernable chiquilla y abandonaban cansadas, escandalizadas y, en algunos casos, genuinamente aterradas) paró cuando se presentó en la puerta del castillo una pequeña figura vestida de negro, de nariz azulada, apoyada en un nudoso cayado más alto que ella, dispuesta a hacerse cargo de la educación de la pequeña.

Rápidamente se hizo cargo de toda la educación de la pequeña, de la formal hasta la no tan formal. Y cuando la pequeña Nadiushka tenía uno de sus arrebatos dictatoriales, una sola mirada de su Baba conseguía centrarla.

Y, a medida que Nadiushka crecía, su educación se expandía. Pronto empezó a recolectar hierbas y semillas en unas horas concretas del mes. Una sección enorme del caserío fue destinado como sala de estudio, donde Nadiushka pasaba horas y horas fermentando, destilando y probando distintas pociones.

Esto es lo que me devuelve Google cuando le pido "bosque tenebroso" ¬¬'

Una vez murió el vizconde, el título de Ksiaze de Svyatopolk pasó a Nadiushka, que abandonó sus estudios en el bosque para trasladarse a la corte. Su juventud y belleza no pasaron inadvertidas, pero fueron sus “destilados” los que le permitieron ascender a cotas de poder e influencia que su padre jamás pudo conseguir.

Y es que la joven Nadiushka tenía el bebedizo apropiado para todas las situaciones: calmantes para la primeriza parturienta (que fuera la amante del duque fue solo coincidencia), tónicos vigorizantes para el viejo duque, narcóticos y extasiantes elixires para las fiestas de la condesa… La joven Nadiushka pronto extendió sus tentáculos por toda la corte. Y si alguien suponía una molestia… misteriosamente, solían morir de manera natural poco después.

Así, poco a poco, una palabra solía ir asociada a su nombre: Bruja. Que fuera dicha con reverencia o con repulsión solía tener que ver con el sexo de quien la pronunciaba.

Pronto se encontró con una cohorte de seguidoras, jóvenes encandiladas con su belleza, su seguridad y sus artes. Y, de entre ellas, escogió a su primera aprendiz: Nadja, una joven despierta, pecosa y pelín ingenua. A ella siguieron otras tantas: Vera, Zoritza, Dusa…

Ninguna permanecía mucho tiempo como su aprendiz. Tampoco se las volvía a ver.

Los años pasaron, igual que las aprendices. Pero no para Nadiushka, que seguía manteniéndose igual de joven que cuando llegó a la corte.

Pronto, los rumores crecieron. Y el epíteto “Bruja” ya no se susurraba en conversaciones privadas, si no que se discutía abiertamente en los pasillos de la corte. Nadiushka, la Bruja Roja, ya no era buscada y reverenciada, si no temida.

Y ante semejante situación, Nadiushka escogió volver al Svyatopolk, a proseguir con sus estudios en la tranquilidad del bosque ancestral. Le acompañaría Svetlana, su última ayudante; la rubia y deslenguada joven era lo opuesto de su maestra, con solo una pátina de educación en las maneras de la corte que Nadiushka había conseguido inculcarle a base de insistencia, sobornos y castigos corporales a partes iguales. Pero la joven tenía talento real, además de un conocimiento de las viejas leyendas y métodos de la Naturaleza que sus antecesoras no tenían: respetaba y temía a su maestra, pero no confiaba en ella.

Tal vez por eso seguía viva.

El caso es que de camino a Svyatopolk junto con su pequeño séquito tuvo conocimiento de la reunión que iba a producirse en Feldstadt, así que hacia allí se dirigieron…” 

jueves, 21 de mayo de 2026

Historias de Felstad (Relatos): Noxor el Endeble

Noxor el Endeble

 Relato escrito por el Camarada Mò


Noxor no nació. Supuró hacia la existencia en Northburg, esa llaga supurante en el mapa que los dioses olvidaron cauterizar. Una ciudad donde la luz del sol llegaba filtrada y perezosa, como si incluso su propia luminosidad encontrara agotador alumbrar tanta miseria. Donde las chimeneas vomitaban un hollín tan espeso que los niños aprendían a toser antes que a hablar, y la esperanza era un recurso no renovable que la gente sensata ni siquiera se molestaba en buscar.


Vino al mundo en el distrito de las fundiciones, donde el aire sabía a hierro y a pulmones quemados. Su madre, una costurera de sudarios a la que llamaban la Urraca, por su habilidad en vaciar los bolsillos de los cadáveres antes de amortajarlos, lo parió en el suelo de un taller abandonado, sobre una losa de piedra que aún conservaba manchas de algún tipo de negocio grasiento, sucio y ya olvidado. La criatura que salió de entre sus muslos parecía ya medio cadáver: azulado, consumido, con los ojos demasiado grandes para un cráneo que parecía pedir a gritos volver al vientre. La Urraca lo sostuvo contra la luz turbia de una vela de sebo, evaluándolo como quien examina una mercancía defectuosa.


—No vale la pena ahogarte —sentenció, con la voz ronca de quien fuma toda una vida—. Te vas a morir solo en una semana. Me ahorras el trabajo.


Lo llamó Noxor, una palabra que en la jerga de los callejones de Northburg significaba algo entre "resto" y "maldición". No le dio apellido. Los apellidos son anclas, promesas, pertenencias. Noxor no pertenecía a nada excepto a esa niebla perpetua que se arrastraba por los adoquines como un animal herido, buscando gargantas que llenar.


El apodo "el Endeble" se lo pusieron los huérfanos de la calle de los Cuchillos Rotos, una pandilla de pequeños depredadores que sobrevivían robando cadáveres recientes antes de que llegaran los carroñeros oficiales. Noxor era demasiado débil para luchar por los despojos. Sus muñecas parecían ramitas de sauce podrido; su pecho, una caja torácica diseñada para colapsar. Cuando corría, que era raramente, porque correr implicaba tener algo por lo que huir o hacia lo que ir, sus pulmones producían un silbido agónico que sonaba como un violín desafinado tocando su propio funeral.


Pero lo que nadie entendía —lo que nadie quería entender en un mundo donde la fuerza bruta era la única moneda de cambio— era que Noxor no luchaba por los cadáveres. Los observaba. Pasaba horas acuclillado junto a los cuerpos que los demás desvalijaban, estudiando el momento exacto en que la carne se convertía en otra cosa. El instante en que un ser humano pasaba a ser propiedad de las moscas. Había algo en esa transición que lo fascinaba, un umbral invisible que podía palparse si uno prestaba suficiente atención. El aire alrededor de un cadáver fresco era distinto. Más denso. Cargado de algo que no era exactamente olor, sino ausencia. Una negación.


Su educación formal en las artes arcanas comenzó con un cadáver, siguiendo las indicaciones de su maestro. Un  mago de baja categoria, que estudiaba la magia de la muerte, llamado Boritz, conocido en los bajos fondos como "El Azote de la Indigestión" por razones que su físico explicaba sin necesidad de magia, tropezó con el niño mientras este examinaba el cuerpo de un ajusticiado en el patíbulo de la Plaza de los Lamentos. El verdugo había hecho un trabajo apresurado; el ahorcado aún pataleaba débilmente. La soga habia fallado en quebrar el cuello limpiamente. Los ciudadanos se habían dispersado, aburridos de un espectáculo mal ejecutado. Solo Noxor permanecía allí, observando el lento tránsito con la paciencia de un coleccionista de mariposas.


—¿Qué miras, gusano? —preguntó Boritz, más por crueldad que por curiosidad.


—El humo —respondió Noxor sin girarse.


Boritz entrecerró los ojos. No había humo. El patíbulo estaba frío, la mañana era despejada dentro de lo que Northburg permitía. Pero el niño señalaba con un dedo tembloroso hacia la boca entreabierta del moribundo.


—Ahí. Saliendo. Un poco. ¿No lo ve?


El mago obeso se inclinó para observar. Su instinto de mago mediocre luchaba contra su instinto de borracho empedernido. Y entonces, forzando la vista, lo vio. Una hebra finísima, casi transparente, que se elevaba de los labios del ahorcado como el vaho en un día de invierno. No era vapor. No era el alma, no exactamente. Era el residuo de algo que había estado y ya no estaba. La exhalación que provenia de algún lugar extraño.


Boritz sintió un escalofrío profesional. Aquel niño había visto algo que él, con treinta años de estudio mediocre, apenas podía percibir. Lo tomó como aprendiz no por generosidad, sino por la misma razón que un buhonero guarda una moneda rara: podía valer algo.


El aprendizaje fue una danza de desprecio mutuo. Boritz le enseñaba tristes hechizos y trucos de salón. Noxor los aprendía con desdén, ejecutándolos con la mínima energía necesaria, como quien cumple un trámite burocrático. Lo que realmente le interesaba era el sótano. Allí, entre barriles de cerveza agria y pergaminos apolillados, el Endeble instaló su verdadero laboratorio.




Fue en ese sótano donde ese “humo apagado” que pudo atisbar se convirtió en algo más que una observación. Noxor descubrió que podía invocarlo, destilarlo, condensarlo. No era magia de fuego ni de hielo; era la magia del umbral, el arte de frotar la realidad contra su propio borde hasta que sangraba algo negro y pegajoso. Pasó meses capturando esa esencia en frascos de cristal ahumado, cada uno etiquetado con el nombre del donante; "mendigo n.º 3", "perro apaleado", "verdugo jubilado (suicidio)"... Experimentaba con ratas, luego con gatos, luego con cosas que ya no tenían nombre. El humo apagado, pues así lo llamaba él, era su bisturí, su hilo, su voz. Podía insuflarlo en un cadáver diminuto y ver cómo los huesos se unían sin necesidad de tendones, unidos por una negación visible. Las criaturas resultantes no estaban vivas. No estaban muertas.


El final con Boritz fue inevitable, pero no épico. Lo épico requiere testigos, y en el sótano de Northburg los únicos testigos eran las ratas muertas y los frascos de humo. El hechicero, en uno de sus arrebatos de autoridad alimentados por hidromiel barata, bajó a exigir explicaciones sobre el olor.


Encontró una galería de horrores diminutos. Esqueletos de animales caminando en círculos obsesivos. Un frasco donde flotaba algo que había sido un ojo y ahora era un observador perpetuo. Y en el centro, Noxor, más pálido que nunca, con el humo apagado arremolinándose alrededor de sus dedos como si fuese un guante.


—Esto es... —Boritz buscó la palabra, pero en Northburg no había palabras para ciertas cosas—. Esto es una locura.


Noxor parpadeó lentamente, como un lagarto desnutrido.


—¿Locura? —repitió, saboreando el término—. Oscuridad sombría. Como la vida. Como Northburg. Como todo. 


—¡Es una abominación! ¡Has ido demasiado lejos, Endeble!


Ese desprecio hacia su obra fue su último error. Noxor había soportado palizas y hambre. Pero no soportaba que se desmereciese lo unico importante que había conseguido en su vida. Sopló. No con fuerza, sus pulmones no daban para más, pero sí con precisión. Un hilillo de humo apagado salió de sus labios agrietados y se deslizó hacia Boritz como una serpiente perezosa.


El hechicero intentó conjurar un escudo mágico. Demasiado lento. Demasiado gordo. Demasiado mediocre. El humo le rozó la cara y se introdujo por sus fosas nasales con la delicadeza de un amante cruel. Boritz no murió. En Northburg, morir era a menudo la opción más amable. Quedó allí, de rodillas, con los ojos abiertos como platos sucios, con la boca abierta de manera exagerada. El humo apagado no mataba el cuerpo; mostraba al alma su propia podredumbre con tal claridad que la psique decidía retirarse anticipadamente. Un abandono de la conciencia. Una negación de la voluntad.


Noxor recogió sus frascos, su bastón, un palo de escoba robado, más alto que él, y algo de la ropa de su antiguo maestro. La ropa le venia grande y la arrastraba por el suelo embarrado, como un sudario nupcial para una novia invisible. Antes de irse, se acuclilló junto a Boritz y le susurró al oído esbozando una sonrisa, mientras este  babeaba:


—Ahora parece que tú eres el endeble.


Salió a las calles de Northburg, donde la niebla perpetua lo recibió como a un viejo conocido. La ciudad estaba podrida hasta la médula, y en un mundo así, un necromante enclenque con pulmones de cristal y una colección de “humo apagado” robado a los muertos no era una anomalía. Era una evolución lógica.


A su espalda, el “humo apagado” se arremolinaba formando figuras hambrientas. En sus bolsillos, sus manos, que parecían las patas de una rata, rascaban suavemente la tela, impaciente. Delante, las callejuelas de Northburg se abrían como intestinos de piedra, prometiendo más cadáveres, más “humo apagado”.


Noxor tosió. El sonido rebotó en las paredes cubiertas de suciedad y nieve como el eco de una campana diminuta. Se ajustó la ropa, demasiado grande, y se acarició sus manos de dedos azulados, y se adentró en la niebla que era su elemento natural. No era un héroe. No era un villano. Era simplemente un producto inevitable de un mundo que fabricaba pesadillas con la misma indiferencia que una fundición puede crear hierro para espadas que jamás verían paz. Ahora debía buscar un aprendiz. Y personas. Vivas. Para que le ayudasen a conseguir su objetivo. Un objetivo con un brillo apagado.