El local estaba atestado de gente. El aire del Ganso Azul era una mezcla densa de cerveza rancia, estofado recalentado, humo de pipa y demasiados cuerpos humanos compartiendo el mismo espacio desde hacía demasiado tiempo. El suelo crujía bajo una alfombra de serrín, grasa y decisiones equivocadas.
No cabía nadie más en la taberna. Literalmente. Un mercenario particularmente delgado había intentado entrar diez minutos antes y seguía atascado en la puerta como un corcho en una botella.
Mantener una conversación normal era imposible. Cada vez que alguien elevaba la voz en una esquina, otro respondía más alto desde el lado opuesto, como si toda la clientela participara en una competición ancestral para determinar quién acabaría escupiendo primero un pulmón sobre la mesa.
En medio de aquel glorioso concierto de alcoholismo funcional estaba sentado el Cabo Rutger Arms, mirando fijamente al vacío mientras levantaba mecánicamente su jarra de cerveza para beber. Su rostro, cruzado por cicatrices y malas decisiones, dejaba claro que discutir con él era una forma creativa de suicidio. Tenía además la expresión permanente de un hombre que había visto demasiadas cosas… y probablemente se había bebido la mitad.
Frente a él se sentaba el Cabo Angus Gisarm, que parecía pertenecer a una especie completamente distinta. Angus era enorme, ancho como un armario y con una cara redonda y brillante que recordaba sospechosamente a una calabaza demasiado madura. Masticaba con la concentración de un monje mientras atacaba un guiso espeso cuyos ingredientes seguían siendo un misterio incluso para el cocinero.
—Eh, Angus… —gruñó Rutger de pronto, como si acabara de recordar que el universo existía—. Me han ofrecido un trabajito. Pagan bien… pero hay un mago involucrado.
Angus levantó la vista lentamente. Se limpió la boca con la manga y consiguió empeorar considerablemente el estado de ambas.
—Los magos traen problemas —sentenció con la solemnidad de un filósofo—. Pero también suelen traer dinero. Y a veces explosiones. Las explosiones son entretenidas.
Rutger asintió con gravedad.
—¿No te aburres de la Guardia?
Angus meditó la pregunta mientras encontraba un trozo especialmente sospechoso flotando en el guiso.
—Bueno… seguramente es para ir a Felstad. Mi primo Fred estuvo en una expedición de esas. Volvió con mucho oro… y un tic raro cada vez que alguien menciona tomates.
—¿Tomates?
—Se pone a gritar y se esconde debajo de las mesas.
Rutger reflexionó unos segundos.
—Sí… eso suena a magia.
El veterano sonrió entonces, una sonrisa torcida y peligrosa que hizo que un parroquiano cercano decidiera cambiar discretamente de mesa.
—Bien. Entonces está decidido.
Golpeó la jarra contra la mesa con entusiasmo, derramando cerveza sobre el pantalón de Angus, que ni siquiera se dio cuenta.
—¡Nos vamos a la Ciudad Helada!
En algún rincón de la taberna alguien empezó a vomitar dentro de un casco.
*****
Bienvenid@s a lo que será, espero, una lista de entradas relacionadas con uno de nuestros juegos favoritos, que pese a sus defectos mecánicos, a nosotros nos encanta por las pajas mentales que nos metemos inventando y escribiendo.
En mi caso en esta ocasión, aprovechando que se apuntaban nuevos jugadores, he intentado darlo que todo fuese sencillo y orgánico, inicialmente íbamos a ser unos pocos, pero se han ido añadiendo más gente y al final somos nada más y nada menos que 6 jugadores.
Para que cada jugador se inscribiese, le pasé un formulario que le preguntaba cosas, simulando que se inscribía en la expedición.
En fin, en próximas entradas, iremos contando qué va ocurriendo, y enseñaros nuestras bandas y su trasfondo.
Por el momento, mientras acabo de pintar todo tipo de monstruos, os dejo un poco de la mía.
******
—Waaaaldo.
—Waaaaldoooo.
Waldo cerró los ojos lentamente.
Ese tono. Otra vez ese tono. Cada vez que usa ese tono acabamos huyendo de una ciudad, incendiando un establo o despertando una maldición ancestral.
—¡Waldo! Ah, ahí estás, pedazo de zángano. Ven aquí. —El viejo mago agitó una mano rolliza desde el otro lado del laboratorio.
Waldo avanzó arrastrando los pies entre montones de libros, frascos burbujeantes y al menos tres objetos que probablemente no deberían palpitar.
—Sire, ¿en qué puedo ayudarle? —preguntó intentando una reverencia más o menos digna.
—Bah, deja eso. Eres mi aprendiz, no mi sirviente.
Waldo abrió la boca.
—Pues precisamente por eso pensaba que quizá no debería pedirme que limpie el..
—¡CALLA! —tronó el anciano, señalándolo con un dedo tembloroso similar a una salchicha rosada —. Respeta a tu maestro. ¡Soy el Asombroso Cynaghan!
De pronto el viejo se irguió. Su espalda dejó de crujir, su túnica pareció ondear dramáticamente y durante un glorioso instante pareció un archimago legendario de los cuentos antiguos, un receptáculo de épica sabiduría.
Entonces le falló una rodilla.
—¡Ay!… Maldita humedad.
Se recompuso con dudosa dignidad.
—Ha llegado la hora de que mi nombre sea recordado durante siglos. Y tú debes completar tu aprendizaje. Nos iremos de viaje.
Waldo palideció.
—Pero, pero, pero…
—Sí, sí, ya sé. Te gustan las tabernas, las cartas y perseguir camareras.
—Bueno, técnicamente ellas me perseguían a mí porque usted convirtió accidentalmente aquella cerveza en...
—¡DETALLES! —rugió Cynaghan—. Has elegido el camino de la magia. Y los magos nos casamos con la Magia.
Las gruesas lentes del anciano brillaron misteriosamente mientras realizaba complicados movimientos con la mano derecha.Waldo observó el gesto unos segundos.
—Sire… creo que se le ha enganchado la manga con el cinturón.
El mago forcejeó un momento hasta liberarse.
—Exactamente como había planeado.
Hubo un silencio incómodo.
—En cualquier caso —continuó el anciano recuperando la compostura—, he contratado un grupo de auténticos profesionales para escoltarnos. Guerreros experimentados. Hombres duros. Expertos en su campo. Lo mejor que el dinero puede comprar.
—¿Cuánto dinero exactamente?
Cynaghan apartó la mirada.
—Una cantidad… flexible.
—¿Cuánto?
—Bueno… técnicamente aceptaron antes de que mencionara el pago.
Waldo suspiró profundamente. Ese tipo de respuesta solía preceder a catástrofes, incendios o ambas cosas a la vez.
—Yo consultaré mapas, grimorios, artefactos y antiguos secretos arcanos —declaró el mago mientras empezaba a rebuscar caóticamente entre pilas de pergaminos—. Tú prepara el resto.
—¿“El resto” significa equipaje?
—Sí.
—¿Comida?
—Sí.
—¿Mulas?
—Ajá.
—¿Material de alquimia?
—Naturalmente.
—¿Y la última vez que dijo “el resto” y terminé negociando con bandidos gnoll?
Cynaghan se quedó pensativo.
—Bueno… y mira si esos gnolls siguen teniendo aquella sartén. Era una buena sartén.
Waldo resopló y se puso manos a la obra. Era mucho más seguro obedecer al viejo mago que discutir con él. Al menos normalmente.
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