sábado, 23 de mayo de 2026

Historias de Felstad (Informe): Batalla en la Puerta de la Serpiente.

Comenzamos las primeras rondas de combates, las distintas expediciones de magos tenían que decidir a través de qué puerta entrar en La Ciudad Helada. Habían dos opciones (cada una determinaba el escenario que jugarían), la primera opción era la Puerta del Grifo (Tormenta de Hielo) y la segunda era la Puerta de la Serpiente (Brumas Inquietas).


Tras dichas elecciones, vinieron las sorpresas: El primer enfrentamiento le tocaba a Noxor (necromante) contra el elementalista llamado Malvek. Lo que sigue son algunas fotos, y el relato de cómo transcurrió la partida.

Encuentro en la Puerta de la Serpiente.

(O cómo Noxor, el endeble, aprendió que la niebla no disimula el olor a tripas).

por Camarada Mò


La niebla de la Puerta de la Serpiente era tan espesa que Noxor juraba haber visto pasar un fantasma cargado con una ristra de cabezas cortadas. O quizá era solo uno de sus hombres meándose en los matorrales. Con la visibilidad reducida a apenas tres malditos pasos, cualquiera podía ser un espectro o un campesino con mala postura.

—¿Los ves? —preguntó Gromm, el matón, con una voz que parecía grava siendo molida por un molino.

—No veo ni mis propias manos —respondió Noxor, que temblaba de frío como una hoja—. Pero huelo al malnacido de Malvek. Huele a sobaco de chivo quemado y a prepotencia barata.


Al otro lado del claro, entre columnas derruidas que parecían dientes rotos de un gigante muerto, Malvek Huesofirme había infundido a sus hombres con esa mierda de magia potenciadora que tanto le gustaba. Los muy cabrones brillaban tenuemente, sólo él podía verlo. Eran sus putas mal pintadas, de bajo presupuesto, de burdel barato. Sus movimientos eran más rápidos, sus miradas más chulescas. Era como si Malvek los hubiese estimulado con una versión arcana de unas setas alucinógenas, y ahora aquellos desgraciados miraban a los hombres de Noxor como si fueran monedas de cobre en un suelo mugriento.


Noxor suspiró. La suya era una banda de inútiles gloriosos. Los quería, de alguna manera tan enferma como querer a un perro que se mea en tus pies, pero que aún así te lame la mano.


—¡No avancéis tanto, desgraciados! —chilló.


Demasiado tarde.


Un hombre de armas llamado Urdek —que llevaba tres días quejándose de una rozadura en el culo, y al que Noxor le tenía un especial afecto por su capacidad para no morirse en las peores situaciones— recibió un golpe de una gran roca directamente en el muslo.


—¡Mi pierna! —aulló Urdek, y el sonido era tan desgarrador como auténtico, porque trozos de la roca le habían salido al otro lado mostrando puntas de hueso roto y carne deshilachada como una ropa vieja y barata a la que le hubieran dado un tirón. Tal era la fuerza del lanzador.

—¡Cállate y sangra más discretamente! —le espetó Noxor, mientras lanzaba un hechizo hacia el posible atacante, pero este no tuvo éxito.


Un infante, joven y con más miedo que vergüenza, recibió el golpe de otra roca que lanzaron. Las costillas crujieron como ramas secas bajo una bota. El chico expulsó un chorro de sangre por la boca y cayó de rodillas.


—¡Mamá! —graznó, porque todos en el fondo somos niños cuando nos parten el esternón.

—¡Tu madre no está aquí, espabilado! —le gritó Noxor—. ¡Estás en la Puerta de la Serpiente, no en la feria del pueblo!


El chico se rió con una risa húmeda y sanguinolenta. Eso ya era un buen síntoma.

Fue entonces cuando la niebla se abrió como una puta abre sus piernas en una noche de paga, y apareció la primera criatura.


Un gorila. Pero no un gorila normal, de esos que comen frutas alargadas y amarillentas. No. Esto era un hijo de puta de tres metros, con hombros como jamones de un jabalí adulto y unos ojos tan inyectados en sangre que parecían dos heridas desgarradas. Y de un color entre gris y blanco, que le permitía esconderse en aquel lugar maldito repleto de nieve y niebla, además de un largo y basto pelo que le cubría todo el cuerpo. Detrás, dos más. Avanzaban a cuatro patas, pero con la elegancia de un gran carromato desbocado cuesta abajo.


—¡Ahora sí que estamos jodidos! —expuso Gromm, otro matón, que desenfundó una daga más grande que su cara.


El primer gorila se lanzó sobre ellos. Noxor, con una rapidez que ni él mismo sabía que tenía, consiguió escabullirse. La bestia, no obstante, tropezó, sus músculos se volvieron gelatina temblorosa, y Gromm se le echó encima como un amante despechado. Le hundió la daga en el cuello una, dos, siete veces. La sangre brotó caliente y espesa, salpicando a Gromm entero. Quedó rojo como un pimiento, sonriendo.


—¡Toma, toma, toma! —canturreaba Gromm mientras acuchillaba el cadáver, pero el gorila, en su agonía, le había devuelto un manotazo que le reventó el brazo. El hueso asomaba blanco, luego rojo, luego todo era una masa informe. Gromm miró su extremidad colgante como quien mira una deuda que no va a poder pagar.

—Me he jodido el brazo —dijo, casi con ternura.

—¡Te has jodido el brazo, sí! —respondió Noxor—. ¡Ahora aguanta la puta daga con la otra mano y sigue luchando, maldito perro!


El segundo gorila embistió al ladrón de la banda, un tipo flaco llamado Larten que no tenía pelos en la lengua, pero sí en las palmas de las manos. La bestia lo golpeó y Larten voló varios metros hasta estrellarse contra una columna. Cayó como un saco de patatas, inconsciente, con la cabeza gacha en un ángulo que sugería que el cuello no estaba para muchas alegrías.


—¡Larten! —gritó Noxor—. ¡Si estás muerto, que se lo pague tu familia al enterrador que deba tratarte!


El infante herido, el chico aquel que se había acordado de su madre, levantó su espada con sus últimas fuerzas. El gorila se volvió hacia él, abriendo la boca llena de dientes amarillos y ennegrecidos. El chico le clavó la espada en el pecho. La bestia rugió, cayó, y arrastró al infante consigo. Ambos rodaron por el suelo. El chico perdió el conocimiento. El gorila expiró con un sonido sordo y grave. La muerte siempre tenía sentido del humor.


—¡No está mal, chaval! —le dedicó Noxor, aunque el chaval no podía oírle—. ¡Si no te mueres te subiré la paga!


El tercer gorila, viendo que dos de los suyos habían caído, hizo lo más inteligente: cargar contra las filas de Malvek. Allí, un bárbaro tatuado con una melena roja como la sangre de una diosa guerrera, lanzó su hacha de dos manos con un rugido que le desgarró la garganta. El hacha giró en el aire como una noria de muerte, y se hundió en el cráneo del extraño simio hasta la empuñadura. El gorila cayó de rodillas, luego de bruces. El bárbaro recuperó su hacha con una mueca de aburrimiento, como quien saca un anzuelo de un pez pequeño.

—Bonito lanzamiento —murmuró Noxor, que sentía una envidia negra y corrosiva en el pecho.


El campo de batalla quedó en un silencio roto. El único sonido era el de Urdek gimiendo por su pierna destrozada, el del infante roncando en su inconsciencia, el de Larten tosiendo sangre con cada respiración, y el de Gromm maldiciendo a la madre de todos por su brazo roto.

Cuatro heridos. Cuatro inútiles que seguían vivos, lo cual era un milagro dadas las circunstancias.


Entonces la niebla se disipó del todo, revelando algunos objetos interesantes, quizás vigilados y guardados por las extrañas criaturas. Monedas. Pergaminos. Algo más.

—Eso es mío —dijo Malvek con la calma de quien tiene un bárbaro con un hacha y un bastón que aún no ha estrenado.

—Eso era mío —respondió Noxor con la indignación de quien tiene cuatro inválidos sangrantes y una dignidad menguante.

Se miraron. Se olieron. Se despreciaron con esa intensidad de dos débiles magos que se saben igual de patéticos, pero que nunca lo admitirían.


El bárbaro de Malvek se limpió el hacha con la piel del gorila muerto. Gromm, con su brazo colgando como un péndulo macabro, sacó la daga con la mano buena. Urdek, desde el suelo, apuntaba un arco con unas manos temblorosas que parecian las de un borracho. El infante seguía inconsciente, pero roncaba con determinación.

—Podríamos matarnos —planteó Malvek, casi como quien sugiere un postre.

—Podríamos, sí —asintió Noxor—. Pero mira a mis chicos. Están muy mal, pero todavía tienen fuerzas para clavarte algo en un sitio que te hará mear sangre dos semanas.


Malvek se rió. Era una risa seca, como si hubiese algo roto.

—Bajo la niebla, otro día —cedió el elementalista.

—Bajo la niebla —aceptó Noxor.


Registraron una pequeña cripta cercana, como dos grupos de ratas en un queso compartido. Los hombres de Noxor encontraron cientos de monedas de plata —algo mugrientas, pero monedas al fin y al cabo— y un grimorio con páginas que parecían piel de muerto y que susurraban obscenidades en un idioma ya desaparecido. Noxor lo besó con la devoción de un borracho hacía una botella.


Malvek, el muy cabrón, encontró un bastón de ébano con runas que latían como corazones, otro grimorio más gordo y más obsceno, y un cofre de monedas de oro que tintineaban como la risa de una cortesana cara. Lo guardó todo con la parsimonia de quien sabe que ha salido ganando.

Ambos bandos se replegaron. La niebla volvió a cerrarse, espesa y cómplice.

Noxor, maldiciendo, vio como uno de sus hombres cargaba a Urdek sobre un hombro, mientras Gromm arrastraba al infante y Larte cojeaba detrás maldiciendo estrellas que no existían. Se giró una última vez. Malvek ya había desaparecido, engullido por la bruma como un mal recuerdo.

—La próxima vez —murmuró Noxor, mientras la sangre de sus hombres goteaba y las monedas tintineaban en su bolsa—, traeré más hombres. No, hombres mejores. Y menos niebla. Y una puta ballesta más grande.

—¿Has dicho algo, jefe? —preguntó Gromm, casi desmayado por el dolor.

—He dicho que te calles y andes, que esa herida apesta y no quiero quedarme aquí por tu culpa.

La Puerta de la Serpiente quedo lejos, a sus espaldas, como un recuerdo ya lejano. Y en el silencio, Noxor, el endeble, sonrió.


No había ganado. No había perdido. Pero seguía vivo, de momento, y esa era una buena victoria.

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